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HABLO DE SEXO CON ALICIA

29 octubre 2013

Dejadme que no os diga quién es Alicia. Solo tengo la impresión de que se parece mucho a vosotras -¿es que sueña Alicia?- y a vosotros -pero ¿vosotros lloráis?-. Lo más seguro que sabréis de Alicia es que me da permiso para publicar sus cosas. Tal vez encontréis, en la correspondencia de ella y mía, algún viento de esperanza que os haga capaces de proseguir vuestro duro camino. O quién sabe si alguna ilusión de Alicia os visitará quizás en una aurora…  

Otras entregas de Alicia, pinchando la etiqueta Alicia en la parte superior de esta.

Alicia, buena amiga de sus amigas, recibe una carta de una de ellas (no sé si unos 14 ó 17 años), y la autora le cuenta que tiene luchas y dificultades con la virtud de la pureza. Que lucha y cae y se levanta y vuelve a caer y a luchar y… Y que eso la angustia y la hace sufrir. Y me pregunta qué puede responderle. Yo le digo cosas así:

“Tu amiga, Alicia, tiene que saber que está en una edad en la que la presencia de la sexualidad turba a todos y cada uno, a todas y cada una, y asusta enormemente; aunque no se quiera reconocer, y menos ante los amigotes o ante uno mismo o una misma. Es un auténtico ciclón, y un ciclón que irrumpe por primera vez y sin avisar ni pedir permiso. Y un ciclón asusta. Y un ciclón no es fácil de vencer, por más que son incontables las personas que jamás han pecado en estas cosas (que esto también es verdad y también debe decirse, como debe decirse que, contra todas las apariencias, pecar es la excepción en esto como en todo, y lo normal es no pecar ni una vez en la vida, que es lo de Jesús y María).

“Y no se sabe qué hacer, y se cae, y se tiene miedo, y una -suponiendo que sea cristiana y no se abandone- se confiesa, pero vuelve a caer, y a lo mejor así mil veces…, y ya no sabe qué hacer, y se muerde los dedos…, y el que conoce un poco el asunto sonríe desde fuera, tranquilo, sabiendo con toda seguridad que no pasa nada, y que la tormenta necesariamente terminará. Y eso, aunque sepa que, como enseña la Iglesia, todo pecado contra la castidad es grave[1], y si no, es que no llegó a pecado (sino a tentación; en la duda, hay que confesar).

“Luego la sexualidad evolucionará con los años, irá adoptando otras formas, etc.; pero será controlada. Y el día en que el cristiano haya conseguido la “integración lograda de la sexualidad en la persona” (que es como el Catecismo define la castidad), ese día estará todo bien. Y ese día ya le puedes decir a tu amiga que le llegará, salvo especiales casos de enfermedad que también pueden curarse.

“¿Y qué es controlar la sexualidad, integrarla en la persona? Muy fácil: decidir qué se quiere hacer con ella, ser señora o señor de ella, ponerla al servicio de un proyecto de vida, y subordinarla a él: para el matrimonio (en el cual no todo vale) o para la vida en continencia, en la cual yo también la utilizo: la sublimo, y hago así de ella un instrumento más y bien valioso para consagrarme al Señor. Y si digo “decidir qué se quiere hacer con ella”, entiéndase que no vale todo, porque no todo hace bien al dueño de esa sexualidad. El mal hace mucho mal, y a veces lo más destructor es la obsesión por el sexo de tantas personas, porque hace estragos en su personalidad.”

Por último, copié a Alicia, para su amiga, los medios tradicionalmente recomendados en la Iglesia para vivir la castidad. Pero los dejo para el artículo siguiente.

Me complacerá, Alicia buena, cerrar estas palabras copiando unas de San Josemaría Escrivá, que él escribió hacia 1939 y que sorprende que sean tan actuales:

        “Hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia.

        “—Y esa cruzada es obra vuestra”[2].


[1] “Según la tradición cristiana y la doctrina de la Iglesia, y como también lo reconoce la recta razón, el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana bienes tan elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave” (Congregación para la Doctrina de la Fe, declaración Persona humana, de 29-XII-1975, n.º 10; con abundantes referencias a otros documentos). Como se puede ver, los mandatos negativos de la Iglesia en sexualidad, que para tantos provienen de un desprecio de esta (como de cosa asquerosa), proceden de la altísima consideración en que se la tiene. Se trata de preservar “bienes tan elevados”. Proclamaba Jean Soulairol que toda la moral sexual de la Iglesia podía resumirse en una frase: “Ninguna licencia contra el amor”. Se trata, si acaso, de prohibiciones al servicio de una gran afirmación: el amor humano. Salvemos el amor de su propia putrefacción.

[2] Camino, 121.

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