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PALABRAS PARA ALICIA, QUE QUIZÁ EXAGERABA UNA COSA

22 octubre 2013

Dejadme que no os diga quién es Alicia. Solo tengo la impresión de que se parece mucho a vosotras -¿es que sueña Alicia?- y a vosotros -pero ¿vosotros lloráis?-. Lo más seguro que sabréis de Alicia es que me da permiso para publicar sus cosas. Tal vez encontréis, en la correspondencia de ella y mía, algún viento de esperanza que os haga capaces de proseguir vuestro duro camino. O quién sabe si alguna ilusión de Alicia os visitará quizás en una aurora… 

Otras entregas de Alicia, pinchando la etiqueta Alicia en la parte superior de esta.

Consciente o inconscientemente, mucha gente tiende a concebir que si reza más, es más santa (cosa que, escrita como está, no niego), y de hecho, concibe que ser santo consiste en rezar (cosa que sí niego). Ahora bien, ¿qué nos dice el Evangelio? Yo sé que la primera idea que te ha venido, Alicia, a la cabeza -porque es la verdad indiscutible- es que el cristianismo es amar. Por supuesto, para ello necesitamos rezar, y muchísimo; pero hay que saber que también en esto podemos excedernos. Que también para esto vale el decir tan común de que “todo tiene un límite”. La oración es un medio para amar. La Santa Misa no es el fin del cristianismo, sino un medio maravilloso, tan imprescindible que nos lo han puesto como obligación. La Redención, que es el centro, es amor. ¿Hay algo más alto? ¿La Santísima Trinidad? Pues “Dios es amor” (Jn 4,8.16), y el caso es que es un amor que -a nuestro modo- podemos y debemos imitar, porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,1-5). Si Dios es amor, nosotros no podemos -y cuántas veces lo hacemos- sustituir el amor por la oración. En la Santisima Virgen, ¿cuál es la raíz? ¡El Corazón de María! Y todo igual.
Contra esto se podrán decir miles de cosas, unas con razón, otras retorciendo la razón, otras sin ninguna razón. Se dirá que es caridad rezar por alguien, y es evidente, pero también puede ocurrir que en la oración Dios y María nos estén diciendo: “Sí, pero levántate y ve a consolar a esa persona… tú”; así ocurrió cuando Jesús contestó a los Apóstoles: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13). Y mira, Alicia: si alguno nos oye, puede ser que ponga el grito en el cielo escandalizado de que un cura diga que hay algo más sublime que la oración. Pues lo hay; como mínimo, Dios. El otro dirá otra cosa, y el otro, otra más.
En el fondo, Alicia amiga, estoy casi convencido de que la caridad -con pago de teléfono- que ejerces con aquellas mujeres le gusta a Dios más que una gran parte de tus excesivas oraciones. Y, además, aunque no me lo dices, estoy casi convencido de que muchas veces les das dinero. Contante y sonante.
La condición laical, en la Iglesia, es esta, Alicia. Si no te reconoces en ella, empieza a pensar si no tendrás la maravillosa, la excelsa vocación de religiosa. Una especie de estado intermedio entre una y otra vocación es un error que cometen muchos, pero del que raramente salen frutos y del que alardea el demonio.
Y si resultan palabras duras, no creas que me preocupo. Muy a menudo hace falta dar voces cuando se trata de despertar a los demás.
Y esta noche, Alicia, quizá quieras acariciar a tu gato negro mientras le preguntas si esta prédica mía puede ayudarte en algo. Quizá sí. Que seas exageradamente feliz bajo el manto de María. Adiós.
—————————
Bajo el título Aclaración para Alicia y los Alicios, explico el 29 de octubre un punto que pudo quedar confuso.
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5 comentarios leave one →
  1. Amelia Fernandez Virgós permalink
    23 octubre 2013 12:14

    Aquí encaja muy bien la tan conocida frase del Padre Pío: “En los libros se busca a Dios y rezando se le encuentra”. Hay dos cosas que caracterizan a todos los santos: la oración y los grandes sacrificios. Santa Teresita es una gran santa; murió joven, y no salió del convento. Amar y ayudar a los demás es una tarea imprescindible de todos y que también lleva a la santidad, pero hay que multiplicarse y hacer todo, y encima poner la Santa Misa en el centro de nuestra vida y no dejar por nada pasar un día sin ella. ¡Durillo el trabajo! Pero no imposible.
    ——–
    Mi respuesta a Amelia ha quedado más abajo.

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  2. Juan permalink
    23 octubre 2013 13:42

    Quizá el problema que tenemos los seres humanos es saber aplicar, correctamente, el orden de las cosas.

    No sé si es así, o que simplemente nos equivocamos en los medios para alcanzar una meta.

    La realidad es que lo más importante es el amor, y es el amor lo que debe llevarte a todo lo demás.

    Quizá primero venga la fe y esta nos lleve al conocimiento de Dios, que, a su vez, debe conducirnos a su infinito amor. Pero la realidad es que la oración, la caridad, la dedicación y todas las obras que podamos hacer deben nacer del amor.

    Al menos eso es lo que dice San Pablo (1 Corintios 13):

    1. Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.
    2. Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy.
    3. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.
    4. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe;
    5. es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal;
    6. no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad.
    7. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta.
    8. La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia.
    9. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía.
    10. Cuando vendrá lo perfecto, desaparecerá lo parcial.
    11. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño.
    12. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido.
    13. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.

    Toda una lección que a menudo olvidamos. Si no tengo amor, de nada me sirve…

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  3. 2 noviembre 2013 19:23

    No, si aún habrá interpretado la amiga Amelia que desprecio la oración. ¿No digo yo, expresamente, “necesitamos rezar, y muchísimo”? ¿No digo que la Santa Misa es “un medio maravilloso, tan imprescindible que nos lo han puesto como obligación”? Y más cosas en la “Aclaración para Alicia y los Alicios”, pero estas son posteriores al comentario de Amelia. ¿Acaso debí insistir más? Puede que sí, creo que no. Y creo que no, primero, porque mi amor a la oración es evidente para los que siguen este blog -y para Amelia en particular-, y segundo porque el artículo iba a corregir unos excesos. Si, en el fondo, lo que le pasa a Amelia es que no puede entender que en la oración haya un límite, el problema está fuera de mi artículo.

    Vamos a ver si lo digo más claro. Los beatorros son unos entes vomitivos. Entiendo por beatorro el que reza demasiado, y reza demasiado el que por rezar incumple sus deberes. Los beatorros le hacen a la Iglesia un gran daño: su oración no vale nada o casi nada, por no cumplir sus deberes y porque, en cambio, sirve para que los alejados de la fe que los ven silbotear oraciones cursis, entre flores de trapo, con los ojos en blanco y en primera fila de la desafortunada iglesia -quiero decir desafortunada por tener esos beatorros-, se alejen de ellos todo lo que puedan, a mayor distancia cuanto más jóvenes son; y el problema es que los alejados -que lo son porque los beatorros no les explican nada, sino que los juzgan y los desprecian y se escandalizan de ellos… mientras rezan y rezan y rezan y rezan- se creen que la Iglesia es “eso” que hay en ese banco; que la religión es eso. ¿Qué quieren los beatorros? ¿Matar la Iglesia? A fe mía que parecen haber encontrado la mejor técnica.

    Misa, Rosario, adoración diaria del Sagrario, Biblia, lectura de los santos, Ángelus y tres avemarías. Y, al menos mensualmente, Confesión, con o sin pecados graves. Eso quiero yo. Pero también, y antes, hay que atender a la familia (menores y mayores), y también con dinero a sus miembros necesitados; y hay que atender al mazo, o al ordenador, o a la barca. Eso quiere Dios, y después yo. Si eso no deja tiempo para la Biblia, ese día leer la Biblia no agrada a Dios; o quizá sea pecado, mire usted por dónde.

    Y ahora me apresuro a añadir que es raro el caso de que no se pueda hacer todo esto que va dicho, aunque alguno me tome por loco; habla la experiencia. Pero si hay que escoger, yo ya os lo he dicho.

    Vamos ahora al comentario de Amelia. Si no le gusta lo que voy a decir, sabe que puede publicar con seudónimo. Porque, sobre todo, todos podréis apreciar que, de todo lo que dice, no da absolutamente ninguna razón. No argumenta. Acumula cosas y cosas. Así no se puede dialogar. Si quiere llevarme la contraria -está en su derecho, y para eso está el blog, y son los comentarios críticos los que más me gustan… y, paradójicamente, los que menos huelen a beatorro-, tiene que responder a lo que yo digo con argumentos que vayan por la misma vía, o que hagan ver que mi vía no es la adecuada. Si no, es como si cada uno hablara un idioma, y además los dos fuéramos sordos. Yo lo profetizaba en el texto: “Contra esto se podrán decir miles de cosas, unas con razón, otras retorciendo la razón, otras sin ninguna razón”. Aquí lo tenéis.

    Santa Teresita no salió del convento… pero antes fue santa fuera, ¿o me equivoco? Pero da igual: no vale en absoluto como ejemplo, desde el momento en que estamos hablando de los laicos. Mira, Amelia, si queda o no meridianamente claro, y mira si no tenemos que ir entendiendo, de una buena vez, que la manera de santificarse de los laicos es distinta de la de los religiosos, dado que hay muchas maneras de practicar la única caridad (en el fondo, quizá es lo único que yo pretendía decir); míralo: “La condición laical, en la Iglesia, es esta, Alicia. Si no te reconoces en ella, empieza a pensar si no tendrás la maravillosa, la excelsa vocación de religiosa. Una especie de estado intermedio entre una y otra vocación es un error que cometen muchos, pero del que raramente salen frutos y del que alardea el demonio”. Alicia es indiscutiblemente laica. ¿Santa Teresita? Dios la llamó a otras maneras.

    En cuanto a la cita del Padre Pío, dado que nuestro tema no es “libros u oración”, sino “trabajo, familia y oración”, nadie podrá saber por qué está aquí; sin que deje de ser un pensamiento profundo y luminoso… del que rápidamente muchos olvidarán la primera parte.

    Y dice Amelia que los santos se caracterizan por la oración y el sacrificio. A mí me da la impresión de que se caracterizan por muchas más cosas, por ejemplo el amor a la Santa Misa que la propia Amelia dice (acertadísimamente) que es “el centro de nuestra vida”, y sobre todo (abrid el Evangelio) el amor. Y os dejo para un comentario inmediato una observación sobre la evolución de las formas de ejercer la santidad (caridad) en la historia de la Iglesia.

    En absoluto creo que haya que “multiplicarse y hacer todo”. ¿Acaso no confiamos en Dios? ¿Queremos suplantar al Espíritu Santo, por ejemplo porque Él no sabe…? Hay que rezar, hay que trabajar, hay que sacar adelante la familia. En estos dos últimos ámbitos, nos saldrán ocasiones continuas de apostolado y de caridad, y ahí hemos de estar; pero el CENTRO de la vida del seglar es su trabajo y su familia: la “santificación de las realidades temporales”, creo que son las palabras textuales del Vaticano II para explicar eso. Y, todavía mucho más alto, el Génesis dice que Dios tomó “al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gén 2,15); y no para que enhebrase novena tras novena a San Benito de Berzimuelles y compañeros mártires; y atención, porque la palabra “labrar” es la misma palabra que “trabajar”. Y más atención, porque el trabajo no ha sido nunca un castigo del pecado original, como que Dios se lo encomendó antes de tal pecado.

    No se me multipliquen ustedes tanto, que se me acabarán multiplicando por cero. En realidad, lo que Amelia debería entender en este punto es que la caridad y el apostolado son intrínsecos al trabajo y la familia: primero, porque los ejercemos con nuestros compañeros y familiares, y los que a través de ellos conocemos, etc.; segundo, porque si esas dos realidades son ese CENTRO, de ahí, infaliblemente, brotarán más cosas: llegará el hijo a contar el caso de una familia que se ha quedado sin empleo, y entonces nosotros…

    Por último, también trataré de hacer un comentario aparte a eso de que “amar y ayudar a los demás es una tarea imprescindible de todos y que también lleva a la santidad”, donde cree Amelia estar dando a entender su acuerdo con lo que yo digo sobre la caridad, y en realidad no lo ha entendido.

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    • 2 noviembre 2013 23:28

      El anunciado comentario sobre la evolución de las formas de vivir la santidad en la Iglesia se me ha convertido en el artículo “¿Santo yo…? ¿Cómo dice…?”

      Y el anunciado sobre el asunto de la caridad, en el artículo

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