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MÁQUINA DE MARAVILLAS, O EL ROSARIO REZADO DE VERDAD

2 octubre 2013

En junio, la Asociación ARVO (Casablanca Comunicación), de Salamanca, me publicó la hoja María, en el gen número uno -que tenéis en el menú, “Las glorias de María”-, y este octubre, mes del Rosario, me ha publicado la hoja que aquí os pongo. Ellos tuvieron que recortar texto, y convinimos que remitirían al blog para quien quisiera leerlo completo. Aquí lo tenéis, y también en el menú. Que os ayude, porque este mes de octubre tenéis que poner atención en aprender a rezar el Rosario de verdad, como que es mucho más que importantísimo.

Enviaré las hojas (una o las dos) por correo, gratuitamente, a quien me las pida, porque la asociación -¡y mi amiga Adelaida!- son tan generosos, que me regalan muchos ejemplares.

Siempre he amado el Rosario a corazón batiente. Bajo la acción, que pido, del Espíritu Santo, hágase hoy y aquí la mezcla y cocimiento de todo lo vivido, de todo lo leído, de todo lo atesorado en tantos años que han erosionado tantas cuentas. La acción del Espíritu Santo, en realidad, ya la tengo, en la forma de las reflexiones y la sabiduría de un franciscano conventual que vive en Argentina y que desde hace tiempo es un amigo del alma de mi alma. Vamos a hablar del Rosario; pero, o tigres me coman vivo, o he de hacerlo de tal modo, que cada uno de los lectores encuentre una manera de mejorar su rezo.

Mi fraile –yo he guardado casi todo lo que me escribe- declara: “Mire, Padre, el Rosario es un camino, pero en mi caso, es  ‘el camino’”. Para él, el Rosario no es una devoción, sino que puede ser todo un camino “y hacerse el centro de la vida”. Y me cuenta cómo el P. Pío rezaba quince Rosarios diarios. (Mi máximo son ocho.) Y añade: “Cuando yo hablo de oración, tradúzcase ‘rosario’ (…). No tengo otra fuente que no sea el Santo Rosario”, y del Rosario saca sus homilías, charlas y retiros, a pesar de que hace una lectio de la S. Escritura de no sé cuántas horas. Es un camino legítimamente central para aquellos a quienes el Espíritu quiera llevar por ahí. Toda la espiritualidad puede beberse de María, por lo mismo que no hay virtud que no esté entera en su Corazón. No haya remilgos críticos, que el Rosario es una oración eminentemente centrada en Jesús, y si queréis una prueba y un símbolo de ello, Juan Pablo II recordaba que “el centro del avemaría (…) es el nombre de Jesús”[1]. Y María, como siempre, “no es el centro, pero está en el centro”. Eso, para los que ya encendían aquella hoguera de allá.

El Rosario bueno y el Rosario de pacotilla

Ay el Rosarín que no se cree nadie. Ay el pseudo-Rosario de los papagayos… Hay que explicar qué es y qué no es el Rosario.

El Rosario no es de ninguna manera una oración exclusivamente vocal. Quienes rezan el Rosario por el sencillo procedimiento de rezar padrenuestros y avemarías, y a cada diez enunciar –sin contemplar- un misterio, no rezan el Rosario: lo fingen. Rezar cuatro partes del Rosario sin contemplar los misterios es rezar una parte muy pequeña del Rosario. Se puede hablar a María sin hablar a María, lo mismo que hay tantos que comulgan sin comulgar (se dejaron el alma en casa). ¿Alguien puede creer que la Señora nuestra haya insistido tanto en el Rosario para que hagamos lo mismo que los papagayos? Pablo VI habló de la contemplación: “Sin esta el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: ‘Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos que creen ser escuchados en virtud se su locuacidad’ (Mt 6,7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso que favorezcan en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del Corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza”[2]. Un cuerpo sin alma es un cadáver.  ¡Cuántos rezan cadáveres!

Yo entiendo el Rosario de esta forma: Jesús y María, que desean nuestra contemplación, se nos hacen los encontradizos en la recitación. El Rosario verdadero no es el Rosario de recitación, sino el de contemplación. Es muy santa la oración vocal y la recitación: pero el Rosario no es eso. El Rosario es una oración más mental que vocal; y por ello, más que hablar, es escuchar, y sabed que escuchar viene de auscultare, y que me peguen los médicos si lo que se ausculta no es el corazón. Nosotros, el Corazón de Jesús y el Corazón de María. O yo soy muy lerdo, o quien empieza a saber estas cosas se precipita a rezar el Rosario, y si ya lo reza, a rezarlo de nueva manera. El Rosario es una escuela de contemplación. “La Biblia de los pobres”, de los mayores que no pueden leer, de los que nunca aprendieron. “Examinad las Escrituras, ya que vosotros pensáis tener en ellas la vida eterna” (Jn 5,39). En el Catecismo mismísimo lo tenemos: “La oración cristiana se aplica preferentemente a meditar ‘los misterios de Cristo’, como en la lectio divina o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de gran valor”[3]. ¿Os dais cuenta de la naturalidad con que apareja el Rosario con la meditación bíblica? Porque algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Y aquí está la respuesta a quienes desprecian el Rosario por repetitivo. El Rosario de contemplación recrece el amor a cada avemaría. Los enamorados repiten continuamente una sola frase: “Te quiero”; y no es repetir. Estas son unas memorables palabras de Lacordaire: “El racionalista sonríe al ver pasar las filas de pueblo que repite las mismas palabras; el que está iluminado por mejor luz comprende que el amor no tiene más que una palabra y que, aun repitiéndola siempre, jamás la repite bastante”[4].

Otra cosa es mover la epiglotis. Y a fe mía que hay quienes la mueven con presteza. Mi frailuco me escribe: “Rosarios (o sartas de cuentas) tienen casi todas las religiones para rezar -los ortodoxos (para rezar la Oración de Jesús), los hindúes, los budistas, los islámicos, etc.-. Yo he estado en contacto con  todas esas personas y he visto cómo ponen mucho fervor cuando rezan sus rosarios. En cambio, cuando se reza el Santísimo Rosario de la Virgen María en una gran cantidad de parroquias católicas, ¡mamma mia!, yo no sé cómo pueden pronunciar tantas palabras por segundo…” Y me cuenta: “No hace mucho leí un artículo de una señora que contaba sus experiencias y decía que ella rezaba tres rosarios al día -uno por ella, uno por su esposo y otro por sus hijos-. El primero, el de la mañana, era un rosario ‘rápido’ -decía ella-, un rosario que no le llevaba más de diez minutos. El otro -al mediodía- era más ‘reflexivo’ -porque le llevaba quince minutos-. Y el de la noche, lo rezaba junto con su familia mirando la televisión. Yo me quedé sencillamente espantado cuando leí esa sarta de horrores.”

También está aquí la respuesta a quienes no rezan el Rosario porque se distraen. Perder de vista las palabras del avemaría por elevarse a contemplar la vida de Jesús y María es, precisamente, el ideal de un Rosario. Si la mente va a cosas más terrestres, la Virgen lo contempla sonriendo; y Juan XXIII, desde el cielo, lo contempla repitiendo lo que dijo: “El peor Rosario es el que no se reza”.

                          

¿Y si somos pecadores? Jamás os apartéis de la medicina por causa de la enfermedad. Los pecadores tenemos más razones para rezarlo, y Santa María no desea otra cosa. El Rosario no es un premio; es una medicina. Vuelve a decir mi fraile francisco, quien se siente terriblemente pecador: “En esta lucha encarnizada de mi alma con todo el infierno, a veces me siento desmayar… (…) El enemigo (…) no me acusa de nada que yo no tenga plena conciencia de haber cometido. Yo cometí esos pecados y son gravísimos. Es por eso por lo que desespero y me siento tan atormentado (…).

“En fin, hay unas palabras de San Luis María Grignion de Montfort para los pecadores y dicen así: ‘Si sois fieles en rezar el Santo Rosario devotamente hasta la muerte, a pesar de la enormidad de vuestros pecados, creedme: Percipietis coronam immarcescibilem (1 Pe 5,4), recibiréis una corona de gloria que no se marchitará jamás. Aun cuando os hallaseis en el borde del abismo, o tuvieseis ya un pie en el infierno; aunque hubieseis vendido vuestra alma al diablo, aun cuando fueseis unos herejes endurecidos y obstinados como demonios, tarde o temprano os convertiréis y os salvaréis, con tal que (lo repito y notad las palabras y los términos de mi consejo) recéis devotamente todos los días el Santo Rosario hasta la muerte, para conocer la verdad y obtener la contrición y el perdón de vuestros pecados’[5].

Me escribe también este pecador santísimo: “A veces tengo miedo de la cuenta que tendré que dar y así mismo se lo digo al Señor ‘con llantos y sollozos’ todos los días… Me arrepiento de todo corazón de haberle ofendido tanto (…). Es por eso por lo que me gusta tanto el Santo Rosario, porque cuando medito en los misterios, me deleito en la belleza de cada uno de ellos y me olvido de mi fealdad espiritual”. “Y a veces, me detengo para decir algún avemaría mirando la imagen de la Virgen para saborear bien esa oración que me encanta. En ocasiones, he sentido en la boca sabor a miel cuando digo esa oración.” 

¿Y cómo contemplaré los misterios?

 

Con el Rosario contemplado, iremos de descubrimiento en descubrimiento, profundizando en la vida de Jesús y María y en todo lo que conforma nuestra religión y nuestra vida. Será un avance que haremos de asombro en asombro, y, en ocasiones –la experiencia os habla- os parecerá estar en el centro mismo de la felicidad. Otras veces, siguiendo la regla común de la oración, sufriremos aridez y no veremos nada…, pero nuestra fidelidad seguirá con el rezo hasta que el Señor Bueno decida devolvernos un cielo claro.

Para la contemplación, yo creo que el principio más importante es el de la originalidad, la variación, no atarse a nada, la imaginación. Vaya por delante que los Papas piden que, tras enunciar el misterio, se diga algún versículo bíblico relacionado, y ya es vergüenza nuestra que eso no se haga en casi ningún lugar[6]. Pero además, lo más frecuente es dejar un silencio (suficiente) para contemplar entre el versículo y el recitado; puede hacerse una contemplación brevísima, y dedicar en otro momento unos minutos a la contemplación intensa; pueden leerse, en el rezo o aparte, los textos bíblicos; pueden leerse también tantísimos libritos o folletos que hay sobre los misterios; puede buscarse una canción, o componerla; pueden recitarse poemas sobre el misterio; puede doblarse el tiempo de Rosario y –dado que es oración mental- dar por hecha la oración habitual ante el Sagrario; puede escogerse un tema, y en torno a él hacer girar la meditación de cada misterio: por el tiempo litúrgico, por un pasaje bíblico que nos ha impactado, por una circunstancia que atravesamos, etc. (método especialmente recomendable); es muy bueno ser niños y, por ejemplo, empezar el Rosario anunciando a la Virgen que vamos a celebrar que ella es dulcísima, y por lo tanto contaremos las avemarías con caramelos (¿ridículo? Para el que no lo ha probado); podemos pedirle que por cada avemaría solucione el hambre de alguien ese día, o saque un alma del purgatorio, o convierta un pecador. Estoy hablando de infancia y de imaginación.

Múltiples métodos, pues. Pero la tradición monástica (desde Domingo el Cartujo hasta Alano de Rupe) ha desarrollado un método para cuando estemos avanzados. Se trata de las cláusulas, y es el método que mejor manifiesta el carácter de oración mental del Rosario y mejor despliega su capacidad de unirnos, por María, con Dios. La cláusula es una frase que uno añade, normalmente inventándola en el momento, al avemaría, sea antes de comenzar esta oración, sea después del nombre de Jesús, como: “Dios te salve, María,… Jesús, que al hacerse hombre se hizo uno como nosotros”, “…Jesús, que se ha hecho hombre-Dios para reparar el pecado del hombre contra Dios”, “…Jesús, que se ha hecho hombre-Dios para que yo trate a los hombres mejor que lo he hecho esta mañana con mi compañero”, “…Jesús, encarnado para entender los problemas de los hombres, y así comprender la necesidad económica de mi amigo Antonio”, “A la que es reina del Mundo porque es madre de Dios, Dios te salve, María,…”

Quien lo probó lo sabe. Dice mi buen amigo: “Yo me siento muy bendecido con las cláusulas y las utilizo para concentrarme.  Por eso (…), he tenido un tiempo de oración mental muy pleno”. Y me aclara: “Las cláusulas deben ser distintas y puntuales. No puede haber divagaciones. De ser posible, deben centrarse en alguna situación del momento. Por ejemplo, en la visita de María a su prima Isabel, hoy, yo hice hincapié en situaciones específicas en las que tuve que subir una montaña y no la subí, y en situaciones actuales en que me veo precisado a subir alguna montaña y no me encuentro muy dispuesto…” Cláusulas distintas y puntuales para mí significa lo de antes: imaginación, que es vida, contra el sopor mortecino de los Rosarios inexplicables de quienes sólo recitan, de los que comen la cáscara y tiran el fruto, de los ciegos que manejan millones y los tratan como calderilla barata; de aquellos de los que diría el Maestro: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mc 7,6).

Nosotros preferimos -¿o no?- dar culto a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23), y por eso queremos hacer lo que hacía María, que “guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón” (Lc 2,19); queremos poner nuestro corazón a latir al unísono con el de María. Buscar la óptica de María; nos morimos por entrar en su mirada. Queremos, en palabras de Juan Pablo II, “contemplar con María el rostro de Cristo”[7], y yo prefiero decir –combinando estas palabras con las anteriores de Pablo VI[8]– “contemplar el rostro de Cristo con el Corazón de María”. San Antonio-María Claret insistía en que la imagen del Inmaculado Corazón debía ser la Virgen del Rosario con el Corazón en el pecho. Y, en fin, cuántas cosas están dichas en estas palabras con las que podemos concluir:

“Si el Evangelio nos dice que ella todo lo guardaba y meditaba en su corazón, significa que ella componía su oración con estos acontecimientos. Es como si ella rezara su rosario, un rosario sin cuentas, volviendo siempre a lo importante en la vida de su Hijo y en su propia vida. María no podía olvidar el primer acontecimiento de gran importancia en su vida, que fue la anunciación, ni tampoco los demás acontecimientos gozosos, ni aquellos que se relacionaran con la pasión y la resurrección de su Hijo. Y esa fue su oración.

“Si rezas el rosario, oras como María, eres como una imagen de la madre de Dios. La imitas en guardar y meditar los misterios del Hijo y de la Madre (cfr. Lc 2,19.51). Ella es la memoria de la Iglesia, nuestra memoria sobre aquellos acontecimientos que deben ser para nosotros algo vivo. Al meditarlos entras en contacto con esos misterios, y así se convierten en canales de gracia para ti. Enamorarse del rosario significa enamorarse del Evangelio, enamorarse también de María y de todas las cosas que ella guardaba y meditaba en su corazón (cfr. Lc 2,19), aquellas que fueron el contenido de su vida”[9].

[1] Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae (2002), n.º 33.

[2] Exhortación apostólica Marialis cultus (1974), n.º 47.

[3] N.º 2708.

[4] Vida de Santo Domingo, cap. 6.

[5] El secreto admirable del Santísimo Rosario, n.º 4.

[6] Cfr. Juan Pablo II, carta apostólica Rosarium Virginis Mariae (2002), n.º 30; Benedicto XVI, exhortación apostólica Verbum Domini, 88. También Juan Pablo II (Rosarium Virginis Mariae, 35) pidió que, al acabar el misterio, pidiésemos los frutos de su contemplación, y nadie lo hace.

[7] Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, 3.

[8] Cfr., más arriba, p. 1.

[9] Tadeusz Dajczer, Meditaciones sobre la fe, Madrid: San Pablo, 1994, pp. 241-242.

Nota.- Se ha hecho un comentario (el de Mar) a este artículo que vale quizá más que el mismo artículo. Leedlo. Y, por cierto, recordad que muchas veces lo más interesante está en los comentarios, y no en los artículos.

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14 comentarios leave one →
  1. Amelia Fernandez Virgos permalink
    2 octubre 2013 11:02

    Me costó mucho llegar al Rosario, y ahora no concibo un día sin rezarlo. Creo que es la oración más difícil que existe. En pocas iglesias se reza bien, en el caso de que se rece, y no se oye, o, lo que es más frecuente, se reza a toda velocidad y termina uno atragantado. Ahora que forma parte de mi vida, no comprendo cómo se reza tan mal en todas partes. Es darle a nuestra madre un rato de cariño. ¡Qué menos, con todo lo que le debemos!

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    • 3 octubre 2013 1:01

      Amelia, quizá te irá bien saber una cosa: S. Luis María Grignion de Montfort dijo -y supongo que los que hoy estudian el cerebro lo confirmarían- que es imposible rezar una sola avemaría sin ninguna distracción ni una vez en la vida. Lo que hacen muchos es incluir, entre las oraciones iniciales, algo como “…y renuncio a todas las distracciones que tenga”. Eso, por si lo de “la oración más difícil” se refería a la atención, que -por cierto- no es tampoco lo más importante, como queda claro en el artículo.

      Sobre cómo se reza, ya lo digo: se suele rezar para quitárselo de encima. Y decía la Madre Ángeles Sorazu que “la inmensa mayoría de los cristianos rezan el Rosario por rutina”. Y si alguno dice que esto suena demasiado negativo, yo le contestaré que muchas veces, para despertar a una persona, hay que gritar un poco. No digamos a un Pueblo.

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  2. Juan permalink
    3 octubre 2013 22:00

    Historia del Rosario

    En la antigüedad, los romanos y los griegos solían coronar con rosas a las estatuas que representaban a sus dioses como símbolo del ofrecimiento de sus corazones. La palabra rosario significa “corona de rosas”.

    Siguiendo esta tradición, las mujeres cristianas que eran llevadas al martirio por los romanos marchaban por el Coliseo vestidas con sus ropas más vistosas y con sus cabezas adornadas de coronas de rosas, como símbolo de alegría y de la entrega de sus corazones al ir al encuentro de Dios. Por la noche, los cristianos recogían sus coronas y por cada rosa recitaban una oración o un salmo por el eterno descanso del alma de las mártires.

    La Iglesia recomendó rezar el Rosario, el cual consistía en recitar los ciento cincuenta salmos, pues era considerada una oración sumamente agradable a Dios y fuente de innumerables gracias para aquellos que la rezaran. Sin embargo, esta recomendación solo la seguían las personas cultas y letradas, pero no la mayoría de los cristianos. Por esto, la Iglesia sugirió que aquellos que no supieran leer sustituyeran los salmos por ciento cincuenta avemarías, divididas en quince decenas. A este Rosario corto se lo llamó el salterio de la Virgen.

    A finales del siglo XII, Santo Domingo de Guzmán sufría al ver que la gravedad de los pecados de la gente estaba impidiendo la conversión de los albigenses, y decidió ir al bosque a rezar. Estuvo en oración tres días y tres noches haciendo penitencia y flagelándose hasta perder el sentido. En este momento, se le apareció la Virgen con tres ángeles y le dijo que la mejor arma para convertir a las almas duras no era la flagelación, sino el rezo de su Salterio.

    Santo Domingo se dirigió en ese mismo momento a la catedral de Toulouse, sonaron las campanas y la gente se reunió para escucharlo. Cuando iba a empezar a hablar, se desató una tormenta con rayos y viento muy fuerte que hizo que la gente se asustara. Todos los presentes pudieron ver que la imagen de la Virgen que estaba en la catedral alzaba tres veces los brazos hacia el Cielo. Santo Domingo empezó a rezar el Salterio de la Virgen, y la tormenta se terminó.

    En otra ocasión, Santo Domingo tenía que dar un sermón en la Iglesia de Notre Dame en París con motivo de la fiesta de San Juan y, antes de hacerlo, rezó el Rosario. La Virgen se le apareció y le dijo que su sermón estaba bien, pero que mejor lo cambiara y le entregó un libro con imágenes, en el cual le explicaba lo mucho que gustaba a Dios el rosario de Avemarías porque le recordaba ciento cincuenta veces el momento en que la humanidad, representada por María, había aceptado a su Hijo como Salvador.

    Santo Domingo cambió su homilía, habló de la devoción del Rosario y la gente comenzó a rezarlo con devoción, a vivir cristianamente y a dejar atrás sus malos hábitos.

    Santo Domingo murió en 1221, después de una vida en la que se dedicó a predicar y hacer popular la devoción del Rosario entre las gentes de todas las clases sociales para el sufragio de las almas del Purgatorio, para el triunfo sobre el mal y la prosperidad de la Santa Madre Iglesia.

    El rezo del Rosario mantuvo su fervor por cien años después de la muerte de Santo Domingo y empezó a ser olvidado.

    En 1349, hubo en Europa una terrible epidemia de peste, a la que se le llamó la muerte negra, en la que murieron muchísimas personas.

    Fue entonces cuando el fraile Alain de la Roche, superior de los dominicos en la misma provincia de Francia donde había comenzado la devoción al Rosario, tuvo una aparición, en la cual Jesús, la Virgen y Santo Domingo le pidieron que revivificara la antigua costumbre del rezo del Santo Rosario. El Padre Alain comenzó esta labor de propagación, junto con todos los frailes dominicos, en 1460. Ellos le dieron la forma que tiene actualmente, con la aprobación eclesiástica. A partir de entonces, esta devoción se extendió en toda la Iglesia.

    ¿Cuándo se instituyó formalmente esta fiesta?

    El 7 de octubre de 1571 se llevó a cabo la batalla naval de Lepanto, en la cual los cristianos vencieron a los turcos. Los cristianos sabían que si perdían esta batalla, su religión podía peligrar, y por esta razón confiaron en la ayuda de Dios a través de la intercesión de la Santísima Virgen. El Papa San Pío V pidió a los cristianos rezar el rosario por la flota. En Roma estaba el Papa despachando asuntos cuando de repente se levantó y anunció que la flota cristiana había sido victoriosa. Ordena el toque de campanas y una procesión. Días más tarde llegaron los mensajeros con la noticia oficial del triunfo cristiano. Posteriormente, instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias el 7 de octubre.

    Un año más tarde, Gregorio XIII cambió el nombre de la fiesta por el de Nuestra Señora del Rosario y determinó que se celebrase el primer domingo de Octubre (día en que se había ganado la batalla). Actualmente se celebra la fiesta del Rosario el 7 de Octubre, y algunos dominicos siguen celebrándola el primer domingo del mes.

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  3. Juan permalink
    3 octubre 2013 22:10

    LA HISTORIA DEL ROSARIO

    Yo siempre me preguntaba: ¿A quién se le habrá ocurrido repetir las avemarías tantas veces?, ¿qué sentido tiene?, etc.

    Ahora se comprende, y cada vez que se reza, cada avemaría es una preciosa rosa para la Virgen.

    Estoy seguro de que todos conocemos esta bella oración que es el Santo Rosario.

    Una leyenda cuenta que un hermano lego (es decir, no no sacerdote) de la Orden de los Dominicos no sabía leer ni escribir, por lo que no podía leer los salmos, como era la costumbre en los conventos de la época.

    Entonces, cuando terminaba sus labores por la noche (él era el portero, el barrendero, el hortelano, etc.), se iba a la iglesia del convento y se hincaba frente a la imagen de la Virgen María, y allí recitaba ciento cincuenta avemarías (el número de los salmos), y luego se retiraba a su celda a dormir.

    Por la mañana, de madrugada, se levantaba antes que todos sus hermanos y se dirigía a la iglesia para repetir su costumbre de saludar a la Virgen.

    El Padre superior notaba que todos los días, cuando él llegaba a la iglesia para celebrar las oraciones de la mañana con todos los monjes, había un exquisito olor a rosas recién cortadas, y sintió curiosidad, por lo que preguntó a todos quién se encargaba de adornar el altar de la Virgen tan bellamente, a lo que la respuesta fue que ninguno lo hacía, y los rosales del jardín no se notaban faltos de sus flores.

    El hermano lego enfermó de gravedad; los demás monjes notaron que el altar de la Virgen no tenía las rosas acostumbradas, y dedujeron que era el Hermano quien ponía las rosas. Pero ¿cómo? Nadie lo había visto nunca salir del convento, ni sabía que comprara las bellas rosas.

    Una mañana, les extrañó que se había levantado, pero no lo hallaban por ninguna parte.

    Al fin, se reunieron en la iglesia, y cada monje que entraba quedaba asombrado, pues el hermano lego estaba arrodillado frente a la imagen de la Virgen, recitando extasiado sus avemarías, y a cada una que dirigía a la Señora, una rosa aparecía en los floreros. Y al terminar sus ciento cincuenta saludos, cayó muerto a los pies de la Virgen.

    Con el correr de los años, Santo Domingo de Guzmán -se dice que por revelación de la Sma. Virgen- dividió las ciento cincuenta avemarías en tres grupos de cincuenta, y los asoció a la meditación de la Biblia: los misterios gozosos, los misterios dolorosos y los misterios gloriosos, a los cuales el Beato Juan Pablo II añadió los misterios luminosos.

    Un arma que nos defenderá siempre de satanás y de sus tentaciones…

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    • 4 octubre 2013 23:53

      Mi muy amigo Juanelo: “Amicus Plato, sed magis amica veritas”. Primero, por tratarse de la verdad. Segundo, porque al hombre contemporáneo, que se paga de hipercientífico, no vamos a atraerlo con leyendas. Y menos con leyendas “derivadas”, es decir, que descienden de una forma “canónica”, la que debería tomarse como forma auténtica (forma auténtica, pero de una leyenda); en este caso, creo que la forma “canónica” es la del Caballero de la Rosa; pero sigue siendo leyenda.

      Y aunque tomes lo que se refiere a Santo Domingo, y quizá también lo que se refiere al fraile lego, de tu y mi amadísimo San Luis María Grignion de Montfort, sigue siendo legendario. Uno de los problemas, si no el único, que ha habido para la promoción de Montfort como doctor de la Iglesia es que tomó muchas cosas de Alain (Beato Alano de la Roche o de la Rupe), y este tenía probablemente una excesiva propensión a lo maravilloso.

      Lo más peligroso, todavía, es tomar la leyenda como historia. Con mucha frecuencia, creemos que algo es verdadero porque es bello. Esas leyendas son preciosas, pero son leyendas. Y hágote notar, amigo bueno, cómo en el cuerpo del segundo comentario llamas a la historia “leyenda”, mientras que en el título la llamas “La historia del Rosario”. La leyenda te ha fascinado como la Esfinge, y te ha dejado ayuno de verdad.

      Fray Vicente me mandó un libro que es de lo mejor que he leído sobre el Rosario, y allí se cuenta una historia de este que yo doy por buena.

      Hemos de partir de una base: no hay Rosario mientras no hay una serie de padrenuestros y avemarías combinados con la contemplación de los misterios de Jesús y María. Si faltan las avemarías, es contemplación o “lectio divina”; si se rezan solo avemarías, solo se rezan avemarías (y no el Rosario). Si estamos de acuerdo en esto, podemos seguir. Si no lo estamos, hemos dejado escapar la esencia del Rosario.

      Yo ya había oído muchas veces que Santo Domingo no fue el fundador del Rosario (“¡Viva Santa María, / viva el Rosario, / viva Santo Domingo / que lo ha fundado!”, dice la copla, tan popular como equivocada). Pero no lo fue. Entonces, ¿cuándo nació el Rosario?

      En ese siglo XII en el que transcurre buena parte de la vida de Santo Domingo, vive, antes, otro Domingo, llamado el Cartujo, de Helión o de Prusia, que experimentaba dificultades extremas para orar hasta que -fue una jugada de lo Alto- se le ocurrió esa combinación de avemarías y contemplación; creo que al principio contaba con piedras, y que luego ya usó lo que llamaríamos rosario. Desaparecieron las dificultades, y su oración logró del Señor un alto grado de sublimidad. ¿Cómo lograba todo eso con una oración que llaman monótona y repetitiva? Pues es que, sencillamente, Dionisio el Cartujo introdujo esas “cláusulas” que he mencionado en el artículo, y eso es auténticamente hacer del Rosario una escuela de meditación, “la escuela de María para leer a Cristo”, como dice el B. Juan Pablo II.

      Y si vamos ahora a Alano de la Roche (mediados del s. XIV), este fija las cláusulas (una para cada misterio cada vez que se reza). Con ello consigue dos cosas. La primera, que el pueblo las retenga fácilmente. La segunda, que no sirvan para nada que no sea proporcionar otra ocasión de distraerse.

      Hay que volver a las cláusulas “distintas y puntuales”, como dice el franciscano del artículo. Si ello no es posible -por ejemplo, porque las cláusulas pueden suponer un tiempo mayor del conveniente, con arreglo a nuestras circunstancias y a la necesidad de otras oraciones-, hay que echar siempre mano de la imaginación. Ningún Rosario igual que otro. ¿Y por qué no ir imaginando una manera de rezar el Rosario del día siguiente mientras nos ponemos el pijama? La imaginación al poder, que el amor estrena traje todos los días.

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  4. Mar permalink
    15 octubre 2013 23:29

    No solo es contemplación el Rosario, a mí me gusta la acción, y en cada misterio me regocijo, me asombro, me duelo… por aquello a lo que me voy enfrentando. Por ejemplo, “el nacimiento de Jesús”: le pido permiso a la Virgen para coger al Niño en brazos, llevo las manos vacías, no tengo nada que darle y gracias a eso le puedo coger en brazos en seguida. Siento Su ternura, le miro los deditos y se los cuento para ver si están todos, como hice con mis hijos. Me emociono de pensar que eso tan pequeñito y frágil es Dios hecho hombre. No quiero que llore, y le canto una nana. Me sigue pareciendo imposible pensar que tengo a Dios en mis brazos y lo tengo cada día en la Comunión. Le doy gracias por haberse quedado, y a María por su , y le pido que me enseñe a traer a Jesús a muchos corazones, y le vuelvo a cantar una nana, y se me estremece el corazón de gozo, y me doy cuenta de que Ella también está llena de gozo, y comienza la Alabanza. Todo mientras voy recitando las avemarías, mientras saludo a mi madre y le doy gracias y la alabo con toda la fuerza de mi corazón, que quiero que le pertenezca.

    Cada misterio se puede vivir, y esa vivencia hace que se comprenda cada vez algo nuevo. Escrutar el Corazón de Jesús y de María, y hasta el de San José, y empaparnos de ellos.

    Un beso a todos

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    • 16 octubre 2013 17:57

      Amiga Mar: Me has dejado sin palabras. Qué sabiduría, qué unción, cuántos Rosarios a la espalda. Uno de los mejores comentarios que se han hecho en este blog. En el nombre de mi amor a la Virgen, te lo agradezco de veras, y te pido que pidas por mí.

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      • Mar permalink
        16 octubre 2013 22:15

        Hermano Miguel, qué suerte que seas de mi familia y además uno de mis hermanos mayores. Sigue enseñándome de Jesús, de María, del mundo; estoy ávida de conocimiento, de Verdad.
        Gracias por haberte dado a X.to y compartirlo con todos.
        Gloria por siempre a nuestro Señor.

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  5. 17 octubre 2013 17:30

    Hermana Mar, el conocimiento de todos vosotros me gratifica y me recuerda la esperanza que yo, por unas y por otras razones, ya no sabía dónde había metido. Con todas las dificultades grandes o pequeñas que podáis tener -siempre las tendremos-, sabed que sois la luz que Cristo manda, que los Papas piden, que el mundo, con una urgencia agónica, necesita.

    Ánimo, pues. Me sentí extraordinariamente bien hablándoos ayer de la Santísima Virgen. Que ella no me lo pague; me toca pagárselo yo a ella. Y vosotros -que a lo mejor me hicisteis más bien que yo a vosotros- rezad algunas veces, en los próximos tres meses por ejemplo, por un sacerdote que a lo mejor está más necesitado de oraciones de lo que os pudo parecer.

    ¡Dios de lo alto, qué hermoso es pertenecer a esta Iglesia!

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  6. Jero permalink
    3 septiembre 2014 17:34

    Rezando los misterios dolorosos, delante del Sagrario, intentando imaginarme que estoy allí mismo en el Calvario, y María de pie mirando a su Hijo crucificado, caigo en la cuenta, de que María, aunque no la hayan dejado estar presente horas antes en la flagelación acompañando a su Hijo, ahora en la Cruz contempla las heridas del Hijo, y entrevé cómo ha sido la crueldad de su flagelación: la de ese Hijo que ha tenido tantos momentos en sus brazos cuando era pequeño y que ha visto crecer a su lado.

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  7. 2 mayo 2016 0:56

    Reblogueó esto en #MaraGomezCejas.

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