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¿Y POR QUÉ AHORA FRANCISCO CONSAGRA EL MUNDO AL CORAZÓN DE MARÍA?

13 septiembre 2013

Conocéis mi fervor por el Corazón de María. No es un asunto personal, como a otro puedan gustarle las vitolas de los puros, o como otro coleccione advocaciones marianas de su provincia. No es mi estilo frivolizar con las cosas de la Virgen. Y aquí mismo os invito a pinchar, en el menú de cabecera, Las glorias de María, y ver un poco lo que sobre el Corazón hay (que no es todo, porque las revistas tienen sus derechos, y yo, que soy tan nuevo como feo, no me aclaro con esas cosas).

El 13 de octubre se celebra el aniversario del gran milagro del sol de Fátima, que convenció a todos de la verdad de las apariciones. Y el 13 de octubre, vamos a renovar la consagración del mundo al Corazón de María, en el marco de una jornada mariana que empieza el 11 o el 12 y a la que voy a asistir acompañado de mi amigo Juan, que es la persona más buena que a Dios le ha salido de su corazoncito bueno.

Y he dicho “vamos a renovar”. Porque evidentemente lo hará el Papa Francisco -ante la Virgen de Fátima original, llevada a Roma al efecto, sí, sí: ¡con todo!-, pero eso significa, exactamente, que lo hace la Iglesia. Que lo haces tú (si tienes la dicha de pertenecer a esta Familia) y que lo hago yo. Y Juan también lo hace, y mejor que yo.

La mejor explicación la dará el Papa ese día. Escuchadla. Pero no será necio que escuchéis unas cuantas cosas de alguien que desde largo tiempo lleva todo esto muy, pero muy dentro de su pecho de lobo.

Y es que es bien curioso el asunto este. Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Que conste, primero, que la devoción al Corazón de María está en el Evangelio (cfr. Lc 2,19.35.51). Luego, para enfocar la visión, hemos de venir (simplifico) a Fátima (1917), porque no creo que sería honrado ver una consagración al Corazón de María en el “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,25-27). Aunque también se podría.

Pero mirad. Ya en Fátima[1], María dice, por ejemplo: “Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado”, y ello, para salvar a las almas de los pecadores (julio). Esto no es un invento de este cura… ni de los pastores… ni de los Papas… ¡ni de la Santísima Virgen! Esto lo quiere Dios, y lo quiere para su gran obsesión de amor inextinguido: para que todos se salven. No es un preciosismo piadoso, ni una beatería, señores. Esto es para lo mismo que “el Verbo se hizo hombre” (Jn 1,14). Algo tiene el agua cuando la bendicen. Algo muy santo y muy divino tiembla en estas aguas.

Y alguno dirá que eso le queda muy lejos. Que antes el mundo tiene otras necesidades. En parte tiene razón, al menos si se refiere a la necesidad de la paz (¡Oriente, Dios mío!). Pero en el Corazón de María hay de todo, como en botica. Sigue la Señora (julio) explicando que la guerra iba a acabar, pero si no nos corregíamos, vendría otra peor (y vino: la Segunda Guerra Mundial: 50 millones de cadáveres). Ahora bien, “para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado y la Comunión reparadora”. Años después, la B. Jacinta decía a Lucia: “Di a todo el mundo que Dios nos concede las gracias por medio del Corazón Inmaculado de María; que se las pidan a Ella. Que el Corazón de Jesús quiere que, junto a sí, se venere al Corazón Inmaculado de María. Que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María, ya que Dios la puso en sus manos” [2]. ¿Lo habéis oído bien? ¡Pedir la paz al Corazón de María, porque Dios la puso en sus manos! Esto es ya actualidad periodística. Esto es lo que al mundo le está haciendo más falta que el pan, y Francisco lo sabe, y lo sabe la Iglesia, y a Siria se lo vamos a explicar. Y Juan y yo, que lo sabemos, nos vamos para Roma en un vuelo baratito porque no hay para más.

Lo anunciado en julio se cumplió en Tuy (1929), a Sor Lucia, por lo que se refiere a la petición de la consagración de Rusia por el Papa[3]: la Virgen le dice: “Ha llegado la hora en que Dios pide que el Santo Padre haga, en unión con todos los obispos del mundo, la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado”.

El pujante movimiento por la consagración al Inmaculado Corazón de María, en sus distintos niveles, es coronado por la consagración del mundo realizada por Pío XII en 1942, pero es muy notable saber que ese clamor eclesial es anterior a Fátima. Podemos ver algún detalle[4].

En 1900, el P. Alfredo Deschamps funda la Cruzada Mariana, para promover la consagración personal al Corazón de la Virgen y solicitar la del mundo al Papa, así como la fiesta de la maternidad espiritual. Tuvo incontables adhesiones. Recogió firmas también el director de la Archicofradía parisina. El Congreso Mariano de Einsiedeln (1906) difundió la idea por todo el mundo, y numerosos obispos y superiores mayores elevaron memorias por la consagración. Parece casi seguro que S. Pío X hubiese realizado la consagración si la muerte no lo hubiese impedido.

Además de los decisivos acontecimientos de Fátima (1917), influyó mucho la portuguesa Alexandrina María da Costa, que hizo comunicar a Pío XI cómo Jesucristo le había manifestado que deseaba la consagración (1936). Su director espiritual, P. Pinho, logró que todo el episcopado portugués formulase la súplica al Papa; además, los obispos realizaron la consagración de Portugal en 1931 y 1938.

Por fin, en el vigésimo quinto aniversario de las apariciones de Fátima, Pío XII, en el mensaje radiado a Portugal, sorprende al mundo con la consagración de este al Inmaculado Corazón de María, que renueva el 8 de diciembre. He aquí las palabras centrales: 

“A Vos, a vuestro Corazón Inmaculado, en esta hora trágica [Segunda Guerra Mundial] de la historia humana, confiamos, entregamos, consagramos, no sólo la Santa Iglesia, Cuerpo místico de vuestro Jesús […], sino también todo el mundo, dilacerado por funestas discordias”[5]

El Papa recordó muchas veces ese acto. Por ejemplo, en la misma constitución apostólica Munificentissimus Deus (1950), en la que define el dogma de la Asunción. Además, Pío XII extendió (1944) el Oficio y la Misa del Corazón de María a la Iglesia universal manifestando que deseaba que ello fuese memoria perpetua de la consagración. En la encíclica Ad caeli Reginam (1954), sobre la realeza de María, al establecer la fiesta de María Reina (hoy se celebra el 22 de agosto), ordenaba que en tal día se renovase “en todas partes” la consagración al Inmaculado Corazón. En cuanto a Rusia, la consagraba en 1952 en Sacro vergente anno. Pío XII declaró en alguna ocasión que los dos hechos más gloriosos de su pontificado habían sido la definición de la Asunción y la consagración del mundo[6].

Por lo demás, el Papa había expresado su deseo de que a la consagración mundial siguiese la de las diócesis, las parroquias y las familias. Desde el 8 de diciembre de 1942 hasta el año 1954, tuvieron lugar las consagraciones de: Ecuador, Perú, Venezuela, Inglaterra, Uruguay, Panamá, Holanda, Chile, Polonia, Canadá, Colombia, Irlanda, Brasil, Argentina, Bolivia y Bélgica. El 12 de octubre de 1954, Francisco Franco clausuraba el Congreso Mariano Nacional consagrando España al Corazón de María; fue nota distintiva la consagración de la nación que asimismo hizo Pío XII en el mensaje que dirigió por radio. Pío XII proclamaba:

“…a vuestro Corazón Inmaculado confiamos, entregamos y consagramos no solo esta inmensa multitud aquí presente, sino también a toda la nación española”[7].

La consagración de 1942 fue un hecho decisivo que impulsó un movimiento de actualidad del Inmaculado Corazón de María en la piedad de la Iglesia. Fueron muy numerosas las iniciativas que se tuvieron, intensa la repercusión en el Magisterio posterior, acusada la huella que el acontecimiento dejó en la literatura devocional y teológica de la época. Tuvieron lugar importantes congresos marianos dedicados al Corazón de María.

En 1951, S. Josemaría Escrivá consagró al Inmaculado Corazón el Opus Dei, con lo que consiguió librarlo de un grave peligro, y desde entonces la consagración se renueva en la prelatura en la solemnidad de la Asunción; también al Corazón de María confiaba el fundador un asunto de tanta trascendencia como la figura canónica, que llegó al fin en la forma de prelatura personal. Se pedía en la Obra con la jaculatoria Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum, y hoy se emplea Cor Mariae Dulcissimum, iter serva tutum (“Corazón Dulcísimo de María, prepara/conserva un camino seguro”).

Y corresponde añadir la mención de Pablo VI, quien renovó el 21 de noviembre de 1964 la consagración del mundo al Corazón de María, y de quien podemos citar estas importantes palabras de la Exhortación Signum magnum, con referencia ecuménica al Inmaculado Corazón:

“Que el Corazón Inmaculado de María resplandezca ante la mirada de todos los cristianos como modelo de perfecto amor a Dios y al prójimo; […] que brille, en fin, como bandera de unidad y estímulo para perfeccionar los vínculos de hermandad entre los cristianos todos en el seno de la única Iglesia de Jesucristo”[8].

Hemos de dar un salto notable que se debe, en parte, a la penosa crisis de la mariología de después del Vaticano II, y en parte también, a nuestra más penosa ignorancia[9].

Juan Pablo II llevó a efecto, en la solemnidad de la Encarnación de 1984, la consagración de Rusia en forma que satisfacía, por fin, los requisitos demandados por la aparición mariana de Tuy; en 1989, caía el muro de Berlín.

Benedicto XVI, en el año sacerdotal, realizó, en Fátima, una larga consagración de los sacerdotes al Corazón de María. Fue justamente el año en que me ordené yo. Y hace poco conseguí una foto que os costaría pagarme: el Papa amado presentando a la Virgen, en la Capelinha, lo que estoy seguro que es la Rosa de Oro que a ella se le envió en el curso del Concilio Vaticano II.

Hace falta una acotación[10]. Que la consagración de Pío XII (1942) -con sus enormes méritos innegables- no reunió los requisitos establecidos por la Virgen de Fátima, es evidente, porque estalló la Segunda Guerra Mundial. La de 1952 en Sacro vergente anno no atajó el comunismo. En cambio, los datos que yo creo tener son que, a propósito de la del 25 de marzo de 1984 por Juan Pablo II, Sor Lucia declaró que habían sido cumplidos, por fin, los requisitos establecidos por la Señora en Tuy.

¿Puede, entonces, decirse -como se dice- que el B. Juan Pablo II derrotó al comunismo? Puede que se pueda. Pero de lo que no cabe duda es de que al comunismo lo derrotó el Corazón de María.

El comunismo. El gran materialismo (monstruoso) de entonces y de aquel lado. Hoy nos toca vencer -y ninguno de vosotros lo duda- el gran materialismo de ahora y de aquí. El que no diviniza al estado, pero diviniza el sexo, el deporte, el pensamiento teledirigido o los miles de formas de ordenadores que nadie ha entendido jamás (excepto Juan). El idolatrismo de oferta inacabable que nos sonríe, seductor, en cuanto nos atrevemos a salir a la calle.

Parece que el B. Juan Pablo II (el Magno) lo entendió. Parece que Pío XII sabía dónde debíamos poner la esperanza. Parece que Benedicto XVI no era más tonto. Parece -gracias, oh Dios- que Francisco no ha colocado el Corazón de María en un museo, sino -él también- la esperanza del mundo en el Corazón de María.

Y ahora, no seamos nosotros menos. Ahora, compañeretes, no nos queda otra que recoger, como quien recoge un guante de oro, las palabras, que me he callado hasta ahora, de Pablo VI: 

“Exhortamos a todos los hijos de la Iglesia a que renueven personalmente la propia consagración al Corazón Inmaculado de la Madre de la Iglesia, y a que vivan este nobilísimo acto de culto con una vida cada vez más conforme a la Divina Voluntad, con espíritu de filial servicio y de devota imitación de su celestial Reina”[11].

Es decir: no basta con hacer el papel de consagrar el mundo. Tú debes consagrar al Corazón de María tu propio mundo, o todo será una mentira, y el mentiroso serás tú.

¿Y qué es consagrar? Que lo diga también Pablo VI, que sabe algo más que yo:

“La consagración es un don total de uno, para la vida y para la eternidad, no un don de puro formulismo y de simple sentimiento, sino un don efectivo hecho realidad en la intensidad de la vida cristiana y mariana” (alocución a los participantes del Gran Retour).

 “Quien se ha consagrado a María le pertenece de manera especial. Él se ha convertido en santuario de la Santísima Virgen” (mensaje radiado Au moment).

“Si los cristianos se han consagrado gustosamente al Corazón sin mancha de la Virgen Madre, es necesario que con igual voluntad y entrega se conformen con [= “tomen la forma de”] la misma [María], si en realidad desean que la Santa Madre de Dios reciba sus plegarias” (carta Singulis annis).

Oíd, hermanos, a quien os habla, porque es joven y torpe, pero sabe que os habla la verdad. Al materialismo de Stalin y al materialismo de Obama, como a todos los materialismos de que ha habido y habrá jamás noticia, no los vencerán ni máquinas ni ideas. Los vencerá el corazón. Los vencerá el corazón de los cristianos, que es lo que ha vencido en la historia las cosas perversas que en la historia han sido. El cristianismo es, sí, señores, una religión del corazón: porque no está la cosa en hacer, sino en amar.

Ahora bien: yo vuelvo, una vez más, a recordaros aquí aquella frase, para mí insuperable, de Benedicto XVI: “Es más importante lo recibido que lo hecho, y es más real lo invisible que lo visible”. Y lo digo porque recibir -quiérase o no- es lo propio de la mujer y de la madre; y los hombres nos vamos con nuestras maquinotas.

Corazón. Religión del Corazón. Corazón de las madres. Y tú, Corazón de María, modela y recibe todas nuestras consagraciones, para que todas sean verdad. La del Papa Francisco. La mía. La de Juan. Nuestros corazones, como cristianos, no tienen nada que hacer sin tu Corazón, porque ningún corazón supo nunca amar -ni pudo, por tanto, vencer- si no se lo sacó de alguna madre.

Y os recuerdo que el Verbo hecho carne quiso una Madre con Corazón.

Y os puedo prometer y os prometo que todo esto es mucho más importante de lo que os imagináis. Amén.

                    

 

 

 

 

 

           

 


[1] Manifiesto abierta y avergonzadamente desconocer los hechos y mensajes de María Santísima en Medjugorje, que, por lo demás, me parece que guardan muchas conexiones con los de Fátima.

[2] Cit. por Joaquín María Alonso, Docrina y espiritualidad del mensaje de Fátima, Madrid, Arias Montano, 1990, p. 191.

[3] Lo anunciado sobre la petición de la comunión reparadora quede para nota, porque, con ser tan actual y vivificante, no es de este artículo: en Pontevedra, 1925, la Virgen dice a Sor Lucia: “Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme; y di que: a todos los que, durante cinco meses en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario, me hagan quince minutos de compañía, meditando en los quince misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, les prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación”. Me permito anotar: que son varias las condiciones que hay que cumplir; que interpreto que la meditación de “los quince misterios del Rosario” no hay por qué entenderlos en sentido numérico estricto; que se debe hacer con sentido de reparación cordimariana; que será suficiente con hacerlo cinco sábados en la vida, pero será una gloria repetirlo infinidad de veces. Y me alegro de tener la ocasión de embravecerme protestando por el estado casi basurario en que se tiene la capilla donde ocurrió esta aparición; también me consta que hay un encargado de procurar el remedio.

[4] Cfr., para el tema, José María Canal, La consagración a la Virgen y a su Corazón-I, Madrid, COCULSA, 1960, 276-291.

[5] Pío XII, radiomensaje al episcopado y los fieles de Portugal: Acta Apostolicae Sedis, 34 (1942), 313.

[6] Cfr. Carlos E. Mesa, Heraldos del Corazón de María, Madrid, COCULSA, 1963, 308.

[7] Pablo VI, radiomensaje al Congreso Mariano Nacional de Zaragoza, 12-X-1954: Acta Apostolicae Sedis, 42 (1954), 683.

[8] Pablo VI, Exhortación Apostólica Signum magnum (1967), n.º 28: Acta Apostolicae Sedis, 59 (1967), 474.

[9] Una cosa que me encanta de mi blog es que, si escribo en una revista o parecido, tengo que disimular mis ignorancias como pueda. Si escribo aquí, las declaro, y duermo a pierna suelta. Es que os quiero más.

[10] Pero será más prudente acudir a Joaquín María Alonso, Fátima, España, Rusia, Madrid, 1976, por más que Alonso (que falleció en 1981) no pudo conocer la consagración de 1984 y los acontecimientos posteriores.

[11] Exhortación Apostólica Signum magnum (1967), n.º 28: Acta Apostolicae Sedis, 59 (1967), 474.

 

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3 comentarios leave one →
  1. El gato. permalink
    7 octubre 2013 4:26

    Según mi entender limitado, lo más grande y lo más alto en María fue ser madre de Dios.

    Yo pienso en qué sentimientos debieron de henchir el Corazón de María, y puedo atisbar cuán grande debió de ser su sufrimiento por el sufrimiento de Jesús en la Cruz. Pero a mí lo que más me gusta pensar es lo siguiente: si yo, que soy madre, estoy contenta por haber tenido una hija -de igual modo lo estaría si hubiera sido niño-, si mi alegría es grande, me pregunto y me gusta imaginar hasta qué punto debió de desbordarse de alegría el Corazón de María por ser madre de un Hijo que además era Dios. Solo el sufrimiento temporal por su Hijo debió de nublar esta alegría. Pero en realidad, bien sé que soy pequeña como una “hormiguita” al lado de la grandeza de Dios y su sabiduría, y solo Él y la Virgen saben en realidad qué hubo en el Corazón de María.

    Y Jesús -¡Dios, qué grande eres!- resucitó. Y María , no podía ser de otra manera, fue subida a los cielos.

    Pero ella guardó todo aquello que le acontecía en vida de Jesús en su Corazón (cfr. Lc 2,19.51). Cuán grande debe ser nuestra devoción al Corazón de María, que sufrió tanto por Jesús, cuya Cruz fue nuestra redención.

    Alegrémonos con María, nuestra madre, que quiso Jesús que lo fuera, por la resurrección de su hijo. Recemos a María. Conservemos como la Virgen un corazón puro. Que por la intercesión de María, la redención de Jesús y nuestra confesión y comunión frecuentes sean perdonados nuestros pecados y podamos algún día, tras la muerte, reunirnos con nuestra Madre.

    Así sea.

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