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LA SABIDURÍA DE DIOS SEGÚN FRAY VICENTE-XIII

19 abril 2013
by

¡POBRE MARTA!

Fray Vicente (Buenos Aires)

 

            Todos la vapulean, la critican, la juzgan, la condenan…

            No hay nadie que salga en defensa de esta mujer en ninguna charla, en ningún sermón, en ninguna homilía…  Lo más que dicen es: – “La labor de Marta complementa la de María”, pero añaden inexorablemente: “Sin embargo, el propio Señor dijo que María había escogido la mejor parte”.

            Ahora bien, ¿es en realidad tan culpable? Vamos a averiguarlo.

            En los tres pasajes donde aparece María de Betania también está Marta, pero los ojos de todos se enfocan invariablemente hacia María: la oidora atenta de las palabras de Jesús, la intercesora que derramaba su alma en la presencia de Cristo, la servidora humilde que, imitando a la mujer pública perdonada por Jesús, ungió los pies del Señor y los enjugó con sus cabellos.

            El Señor, empero, nos ordena categóricamente en Proverbios 31:8-9:

“Abre tu boca por el mudo en el juicio de todos los desvalidos. Abre tu boca, juzga con justicia y defiende la causa del pobre y del menesteroso.”

            Saquemos entonces la cara por Marta en esta oportunidad y defendamos a esta pobre muda que ha sido tan condenada a través de los siglos.

            ¿Hay algo que podamos alegar a favor de ella? ¡Pues sí!

MARTA ERA UNA MUJER HOSPITALARIA

            En Lucas 10:38 leemos lo siguiente:

“Aconteció que yendo de camino, entró (Jesús) en una aldea; y una mujer llamada Marta Le recibió en su casa”.

            Era la hermana mayor de los tres y, por ende, la dueña de la casa. Y recibió a Jesús allí –en su propia casa- para atenderlo y agasajarlo.  Y con vistas a eso, nos dice el versículo 40 que:

Marta se preocupaba con muchos quehaceres…”

            Quería atender a Jesús con todo esmero, y por eso, se preocupaba de todos los detalles. Quizás andaba con el delantal sucio, con la cara tiznada por el carbón, con la frente sudorosa, pero ¿qué le importaba nada de eso si lo estaba haciendo para Jesús?  Al fin y al cabo, en medio de todas sus faenas, su único pensamiento era Él.

            En Juan 11, en pleno velorio de su hermano Lázaro, la primera en recibir a Jesús fue Marta. Hizo a un lado el dolor de su pérdida, y en el versículo 20, leemos:

“Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle;  pero María se quedó en casa.”

            El Señor, para ella, era el primero, el huésped de honor. Todo lo demás era secundario, incluso su tristeza y su pesar. Y allá fue a encontrarle.

            Y en el capítulo 12 de Juan, días después de la resurrección de Lázaro, el versículo 2 nos informa de que Le hicieron una cena a Jesús, en la que “Marta servía…”

            Todos estaban en la mesa: Jesús, María, Lázaro, los invitados, etc. Sin embargo, la celebración de Marta era en la cocina. Ella miraba de lejos y oía a medias las conversaciones, pero su corazón estaba rebosando de alegría porque allí estaba el Señor, en su casa y comiendo de los manjares que ella misma había preparado con tanto amor y con tanta ternura. Y para Marta, eso era suficiente.

            Pues bien, ¿hay algo más que podamos decir a favor de Marta? ¡Sí, sí lo hay!

 

MARTA ERA UNA MUJER DE FE

 

            Es cierto que no pasaba horas a los pies del Maestro, pero en lo recóndito de su alma vivía una profunda experiencia de fe.

            Por eso, aquel triste día del velorio de Lázaro, cuando Jesús vino a Betania, tuvo lugar este diálogo entre Jesús y ella que leemos en Juan 11:20-27:

“Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa.  Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.  Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.  Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.  Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”

            ¡Virgen de la Macarena! ¡Qué clase de fe tenía aquella cocinera ignorada e insignificante!

            Esta mujer que todos señalan con el dedo fue capaz de decirle a Cristo: “… Yo sé que todo lo que pidas a Dios, Él te lo dará…  Sí, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que ha venido al mundo”.

            No pasaría horas interminables a los pies de Jesús, pero tenía una fe que movía las montañas.

             ¿Algo más que decir acerca de Marta? Bueno, vamos a intentarlo.

MARTA ERA UNA MUJER APOSTÓLICA

 

            Llevaba a otros a Cristo. Invitaba a otras personas para que se acercaran a Jesús.  Y por eso, después de ese diálogo con Jesús, leemos en Juan 11:28 que ella “fue y llamó a María, su hermana, y le dijo en secreto: ‘El Maestro está aquí y te llama’.”

            Nuestros diálogos con el Señor deben producir frutos de apostolado. De otro modo, esos diálogos son estériles. Los sacerdotes diocesanos, las religiosas de vida activa, los laicos comprometidos, tienen la responsabilidad de anunciar el Evangelio a todas las personas. Los religiosos y las religiosas contemplativos tenemos también esa responsabilidad, aunque la desarrollamos en otra esfera: a través de la oración, de publicaciones como éstas, etc.

            Pero no podemos olvidar que a todos los bautizados, Cristo nos ha dado esa gran comisión: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda criatura”. 

 

            Y quiero añadir algo más… 

MARTA ERA UNA MUJER CONTROLADA POR EL ESPÍRITU SANTO

            En Lucas 11:40, Le dice a Jesús: “Señor…”

 

            En Juan 11:21, se dirige a Él llamándole también: “Señor…”

            En Juan 11:27, respondiendo a la pregunta de Jesús, le dice: “Señor….”

            Y el Apóstol San Pablo nos enseña en 1 Corintios 12:3 que “nadie puede llamar a Jesús Señor sino por el Espíritu Santo”.

            CONCLUSIÓN: Creo que después de estas reflexiones, ya no sabemos con quién quedarnos, ¿no es cierto?

            La realidad, empero, es que todos tenemos que ser “Marías” y todos tenemos que ser “Martas”.  Hay momentos en que se nos exige que seamos Marías y que busquemos al Señor en oración profunda, coloquial, sincera y humilde. Pero hay ocasiones en que las circunstancias nos demandan que seamos “Martas” y que sirvamos a Jesús sirviendo a nuestros hermanos.

            Pienso que una plegaria que podríamos recitar sería algo así:

 

            “Señor, Tú sabes que deseamos hacer Tu voluntad.Muéstranos cuándo debemos ser ‘Marías’ y cuándo debemos ser ‘Martas’. 

            “Que no seamos ‘Marías’ cuando Tú quieres que seamos ‘Martas’, y que no seamos ‘Martas’ cuando Tú deseas que seamos ‘Marías’.”

            “Y para ello, haz que Tu Espíritu Santo tome el control absoluto de nuestra vida. Toma todo lo que tenemos y todo lo que somos y ponlo en función de Tu Reino”.

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4 comentarios leave one →
  1. Aedes permalink
    22 abril 2013 18:14

    Mi madre sabía ser Marta y sabía ser María. Nos inculcó el rezar el Mes de María, por ejemplo. Pero tenía una familia numerosa y poco tiempo para detenerse a rezar, así que rezaba mientras cocinaba o lavaba los platos. Ella me enseñó que Santa Teresa de Jesús afirmaba que Dios también anda entre los pucheros. Pienso que las madres católicas saben, intutivamente, mantener el equilibrio entre Marta y María.

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    • Amelia permalink
      29 abril 2013 12:23

      Es verdad: lo perfecto es ser Marta y María a la vez. Si el reproche lo hiciera María, estoy segura de que el Señor diría: “María se desvive por servirme”.

      Me gusta

      • 29 abril 2013 14:30

        Gracias, Amelia. El debate sobre Marta y María tiene una larga historia y no terminará nunca. No pretendo decir la última palabra. Sin embargo, no me parece buena práctica la de basarse en conjeturas sobre lo que el Señor hubiera podido decir, teniendo, como tenemos, tantísimas (continuas) palabras de su boca que jamás nos hubiéramos imaginado.

        De momento, lo que tenemos en negro sobre blanco es “María ha escogido la mejor parte” (Lc 10,41). Tenemos también la pasmosa escapada de Jesús niño, y cuando María le pregunta, dice como si nada: “¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” (Lc 2,49). Para las cosas de su Padre, ha sido bueno y santo (si no, no lo habría hecho) hacer sufrir indeciblemente durante tres días a María y José.

        A mí me parece que la clave está en otro versículo más: “Tú piensas como los hombres, no como Dios” (Mt 16,23), y al que le dice eso -que es el mismísimo San Pedro, e inmediatamente después de haberle prometido el papado-, lo llama “Satanás” (ibíd.).

        Deberíamos mentalizarnos de que en el mundo hay dos lógicas: la del mundo y la de los cristianos, que “no son del mundo” (Jn 17,16); como San Agustín habló de que “dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de uno, la celestial” (De civitate Dei, XIV, 28). Mientras no nos mentalicemos de esas cosas, no podremos entender la mitad y media del Evangelio.

        Y voy a contar un episodio de mi vida. En uno de los pueblos de que era párroco, en una ocasión me abordó el alcalde, y me recriminó que no se hubiese puesto en ese pueblo el cartel de cierta fiesta. Lo hizo en un tono tan desmesuradamente agresivo, que yo vacilé unos instantes entre contestarle calmadamente o hacer “lo que me pedía el cuerpo”; desgraciadamente, hice esto segundo: en lugar de contestar a lo que preguntaba, le di una respuesta que empezó: “Pero bueno, tú ¿de dónde has salido? ¿Tú te crees que se puede empezar una conversación así?” Le administré una bronca aspérrima.

        Años después, recordando este episodio, me di cuenta perfectamente de cómo habían luchado en mí dos lógicas. Por un lado, todo apuntaba a que, a un hombre que casi me dispara antes de empezar a hablar, le corresponde -“¡en justicia!”, decimos, porque no sabemos qué es la Justicia de un Dios que sabe morir para ir preparando la sentencia de perdón-, le corresponde una respuesta a tono con la suya. Por otro lado, nos acordamos de cómo Jesús “maltratado, no abría la boca” (Is 53,7), calló ante las acusaciones de Pilato, “cuando le insultaban, no devolvía el insulto” (1Pe 2,23), nos invita a poner la otra mejilla, nos dice “a nadie devolváis mal por mal”, y muchas cosas más.

        Absurdo, ¿verdad? ¡Poner la otra mejilla! Es absurdo, sí, desde la lógica de los hombres. Y no puede -de ningunísima manera- entenderlo quien no hace oración; quien no está en la atmósfera, en el ecosistema de la lógica de Dios. Sólo ése puede saber que son dos lógicas inversas: la de Dios y la de los hombres. Y vivir como San Pablo, que predicaba “a Cristo crucificado, (…), necedad para los gentiles” (1 Cor 1,23). Somos “los necios sabios”. El mundo no puede entendernos, porque, como también el Apóstol nos ha dicho,”no nos ajustamos a la mentalidad de este mundo” (cfr. Rom 12,2).

        El mundo -y más el feminismo contemporáneo, que se nos cuela por las orejas- sólo entiende a Marta, que “hacía”. Pues yo quiero recordar una vez más una frase de Benedicto XVI que ha dado muchas vueltas por este blog, porque es todo un mundo lo que contiene: “Lo recibido es más importante que lo hecho, y lo invisible es más real que lo visible”. Y María recibía, mientras que Marta hacía; María escuchaba la invisible sabiduría del Maestro, mientras que Marta optó por las cebollas.

        Lo siento; no hago más que creer las palabras de Jesús sobre la “mejor parte”. Y téngase en cuenta que Jesús no dice que la “parte” de Marta sea mala; dice que la de María es mejor. Las cebollas hacen falta…, pero no tanto.

        Pero sé que el debate sobre Marta y María tiene una larga historia y no terminará nunca, y no pretendo decir la última palabra. Gracias, Amelia.

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  2. Amelia permalink
    24 abril 2013 12:58

    Todos critican a Marta y la juzgan, pero ella amaba profundamente al Señor, aunque estaba inquieta por muchas cosas y sólo una es importante. Ella no pensaba que estaba equivocándose, porque, porque de saberlo, lo dejaría. Siempre me pregunté qué comerían el Señor y los invitados si Marta no lo dispusiese todo. Ella demostró su fe. Gracias, Fray Vicente, por la defensa de Marta; siempre me identifiqué con ella. Marta le está muy agradecida.

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