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LA SABIDURÍA DE DIOS SEGÚN FRAY VICENTE-XII

14 abril 2013

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A LOS PIES DEL MAESTRO…

                                                                                                        Fray Vicente (Buenos Aires)

Hace alrededor de treinta años, usé como tema de un retiro espiritual algunos pasajes del Evangelio que hablan de una mujer muy peculiar. Desde entonces, el testimonio de esta mujer ha sido para mí un símbolo: un símbolo de vida espiritual.

De esta mujer, llamada María, se habla solamente en tres pasajes del Evangelio, y siempre aparece a los pies de Jesús. Tenía dos hermanos mayores que ella, Marta y Lázaro. Esta familia vivía en Betania, una aldea que estaba a dos kilómetros y medio de Jerusalén.

La encontramos por primera vez en Lucas 10:38-42, donde leemos lo siguiente:

“Jesús siguió su camino y llegó a una aldea, donde una mujer llamada Marta lo hospedó. Marta tenía una hermana llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús para escuchar lo que él decía.  Pero Marta, que estaba atareada con sus muchos quehaceres, se acercó a Jesús y le dijo: —Señor, ¿no te preocupa nada que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.  Pero Jesús le contestó: —Marta, Marta, estás preocupada y te inquietas por demasiadas cosas, pero sólo una cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la va a quitar.”

Estaba absorta escuchando a Jesús. Y ése es el primer paso para la oración.  

La oración para algunos no es más que un monólogo en el que se expone toda una letanía de problemas.  Sin embargo, la verdadera oración es un diálogo, en el cual nosotros somos los interlocutores de Dios; Él habla y nosotros Le respondemos. Y Dios nos habla preferentemente en Su Palabra. Por ejemplo, el Profeta Daniel, en Babilonia, nos cuenta su propia experiencia en el capítulo 9 del Libro de Daniel, versículos 1 y 2, donde leemos lo siguiente:

“…yo, Daniel, estaba estudiando en el libro del profeta Jeremías acerca de los setenta años que debían pasar para que se cumpliera la ruina de Jerusalén, según el Señor se lo había dicho al profeta. Y dirigí mis oraciones y súplicas a Dios el Señor…”

Fíjense en que antes de formular su oración a Dios, Daniel estudió primero la Palabra. Y cuando terminó de leer y estudiar la Palabra, comenzó a orar.

En las primeras horas de la mañana (o en cualquier momento del día en que te sientas tranquilo o tranquila), abre el Evangelio, o los Salmos, o una porción de alguna epístola de un Apóstol, o algún otro pasaje de la Escritura y lee. Lee atentamente, porque ese fragmento que estás leyendo es una carta de tu Padre Celestial para ti.  Escucha con diligencia y luego, responde.  Esa respuesta es “oración”. Y ahí hay crecimiento espiritual. 

Ésa misma es la esencia del Santo Rosario.  El Rosario no es una sarta de oraciones dichas con rapidez. Sobre la trama de las avemarías y los padrenuestros que pronuncias, hay un trabajo mental, que es la meditación de los misterios de la vida de Jesús y de la vida de María. De otro modo, el Rosario se vuelve estéril. Mientras rezas el Rosario, debes hacer pausas reflexivas sobre el misterio en cuestión, aplicarlo a tu vida, pedir a Dios y a Su Santísima Madre que te ayuden a alcanzar las virtudes que se ponen de relieve en ese misterio, etc.

Pues bien, en este pasaje del Evangelio de San Lucas, María de Betania aparece escuchando las palabras de Jesús en una adoración silenciosa y contemplativa.

-oOo-

La segunda vez que nos encontramos a María de Betania es en el Evangelio según San Juan, capítulo 11.

Su hermano Lázaro había fallecido, y tanto ella como su hermana Marta estaban consternadas.  Le habían enviado a Jesús un mensaje cuando todavía Lázaro estaba enfermo, pero Jesús –a propósito– se había quedado en el lugar donde estaba y no había acudido a la llamada. Él sabía lo que iba a hacer y quería probarlas con aquella demora.  (A propósito, recuerden siempre que las dilaciones de Dios a nuestras oraciones no tienen por qué ser negaciones). 

Finalmente apareció el Maestro cuando hacía ya cuatro días que Lázaro había muerto.  Marta fue la primera que le salió al encuentro y le saludó, conversó con Él un ratito y, acto seguido, fue a llamar a María y le dijo que el Maestro estaba allí preguntando por ella.

En Juan 11:29-33, leemos:

“Tan pronto como lo oyó, María se levantó y fue a ver a Jesús.  Jesús no había entrado todavía en el pueblo; estaba en el lugar donde Marta se había encontrado con él. Al ver que María se levantaba y salía rápidamente, los judíos que estaban con ella en la casa, consolándola, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar. Cuando María llegó a donde estaba Jesús, se puso de rodillas a sus pies, diciendo: —Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció.”

Allá fue María a ocupar su lugar favorito “a los pies del Maestro”, y comenzó a derramar su alma ante Jesús. Fue tan sincera, tan sentida y tan fervorosa su oración, que su llanto conmovió a Jesús, y Éste a su vez, según nos dice el versículo 35, también  “lloró”. ¡Sí, Jesús lloró! Las largas escuchas al Maestro habían hecho de María de Betania una intercesora tan poderosa, que era capaz de conmover el Corazón de Cristo. 

Aquí, pues, la vemos orando por otros, derramando como agua su corazón ante la Presencia del Dios Vivo y recibiendo una respuesta a su oración “mucho más abundante que lo que pedía o entendía” (Efesios 3:20).

Creo que esto es a lo que se refirió el Profeta Jeremías en el Libro de las Lamentaciones 2:19, cuando escribió:

“Levántate, grita por las noches,
grita hora tras hora;
vacía tu corazón delante del Señor,
déjalo que corra como el agua;
dirige a él tus manos suplicantes
y ruega por la vida de tus niños,
que en las esquinas de las calles
mueren por falta de alimentos.”

Esos niños son los que todavía no conocen a Jesús, o los que no han alcanzado aún la madurez espiritual, los que vienen a la iglesia un tiempo y luego se apartan, son los enfermos que están solos en los hospitales, los ancianos de los que nadie se ocupa, los niños abandonados, etc. Y el Profeta nos dice que es por ellos por quienes tenemos que “vaciar nuestro corazón delante del Señor y dejarlo correr como el agua”.

Cuando yo me despierto durante mis horas de descanso, siempre rezo un avemaría porque no sé por quién quiere el Señor que alguien interceda en ese momento.   Ese súbito despertar (como todo lo que sucede en el universo) no es casual, y en la vida de los cristianos, tiene un propósito más que marcado.

Pues bien, aquí tenemos a la María de Betania intercesora; no una intercesora de labios para afuera, sino una intercesora que es capaz de llorar, de gemir y de derramar el alma por aquellos que ora.

-oOo-

Y por último, encontramos a María de Betania en medio de un banquete. Jesús resucitó finalmente a Lázaro, y Marta, Lázaro y María decidieron dar un banquete para celebrar el acontecimiento. El Señor Jesús, ¡claro está!, era el homenajeado.

Y en Juan 12:1-8, leemos:

“Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde vivía Lázaro, a quien él había resucitado. Allí hicieron una cena en honor de Jesús; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa comiendo con él. María trajo unos trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy caro, y perfumó los pies de Jesús; luego se los secó con sus cabellos. Y toda la casa se llenó del aroma del perfume. Entonces Judas Iscariote, que era aquel de los discípulos que iba a traicionar a Jesús, dijo:  “¿Por qué no se ha vendido este perfume por el equivalente al salario de trescientos días, para ayudar a los pobres?”  Pero Judas no dijo esto porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba de lo que echaban en ella.  Jesús le dijo: —Déjala, pues lo estaba guardando para el día de mi entierro. A los pobres siempre los tendrán con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán.”

            ¡Ay, qué mujercita ésta! ¡Qué adicción a los pies del Maestro! Allá está, a los pies de Jesús, perfumándolos. Es decir, está sirviendo a su Maestro.

Nosotros no tenemos al Jesús físico entre nosotros ahora, pero sí tenemos una promesa Suya que nos dice que “cada vez que hacemos algo con nuestro prójimo necesitado estamos haciéndoselo a Él”.   Cuando compartes tu tiempo tan precioso para ti con un anciano, con un enfermo, con un joven, con un niño, con alguien que está falto de compañía y de afecto, estás perfumando los pies del Maestro y ese perfume “llena de aroma toda la casa”.  

Pues bien, aquí vemos a María.  Sus tres funciones eran “escuchar la Palabra de Jesús en adoración silenciosa y reflexiva”, “interceder derramando el alma” y “servir”.

¿Fue criticada?

¡Oh, sí! Cuando estaba absorta oyendo a Jesús, su propia hermanita Marta vino a reñirla porque no estaba dedicada a los quehaceres domésticos. 

Cuando estaba a los pies de Jesús intercediendo, los judíos que estaban en el velorio salieron tras ella para fisgonear qué iba a hacer. 

Y cuando estaba sirviendo a Jesús, Judas comenzó a despotricar contra aquella acción y a pedir cuentas del desperdicio que estaba haciendo.

Y ¿qué hizo ella? ¡Callar! Dejó que su Maestro sacara la cara por ella y la defendiera. 

Hizo lo que nos enseña el Salmo 38:12-15:

Los que me quieren matar me ponen trampas; los que me quieren perjudicar hablan de arruinarme y a todas horas hacen planes traicioneros.  Pero yo me hago el sordo, como si no oyera;  como si fuera mudo, no abro la boca.  Soy como el que no oye ni puede decir nada en su defensa. Yo espero de ti, Señor y Dios mío, que seas tú quien les conteste.”

Queridos lectores:

María de Betania es un símbolo de vida espiritual. En tres pasajes del Evangelio se sintetiza todo un programa de vida.  

Es, pues, hora de propósitos y de resoluciones firmes del corazón.  ¿Qué vas a hacer? ¿Qué tienes qué cambiar? ¿Qué metas te vas a trazar?

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2 comentarios leave one →
  1. Amelia permalink
    16 abril 2013 10:50

    Hola. Me encantan sus artículos. Yo siempre me identifiqué con Marta, sabiendo qué es lo importante, pero distraída con las cosas del mundo. Dios la amaba, y ella amaba a Dios.

    Me gusta

    • Fray Vicente permalink
      16 abril 2013 14:33

      Sin embargo, Amelia, aguarda y verás cómo defiendo a Marta en un artículo que está por venir.

      Me gusta

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