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EL CUERPO QUE COMEMOS LLEVA EL SABOR Y EL PERFUME DE LA VIRGEN MADRE

30 marzo 2013
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           ¡Salve, Cuerpo verdadero, nacido de María Virgen!… Nuestra gratitud se eleva al Padre, que nos ha dado el Verbo divino, Pan vivo bajado del cielo; y se dirige también con alegría a la Virgen, que ofreció al Señor la Carne inocente y la Sangre preciosa que recibimos en el altar…

            Ese Cuerpo  y esa Sangre Divinos, que por la consagración se hacen presentes, y son ofrecidos al Padre, y se convierten en comunión de amor para todos, fortaleciéndonos en la unidad del Espíritu para constituir la Iglesia, conservan su matriz originaria de María. Ella preparó esa Carne y esa Sangre, antes de ofrecérselos al Verbo como don de toda la familia humana, para que Él se revistiese de ellos y fuese nuestro Redentor, Sumo Sacerdote y Víctima.

            En la raíz de la Eucaristía está, pues, la vida virginal y materna de María, su desbordante experiencia de Dios, su camino de fe y de amor, que hizo, por obra del Espíritu Santo, de su carne un templo, de su corazón un altar… Y si el Cuerpo que comemos, como la Sangre que bebemos, es un regalo inestimable del Señor Resucitado a nosotros, caminantes por la vida, lleva también en sí, como Pan fragante, el sabor y el perfume de la Virgen Madre…

            Nacido de la Virgen para ser oblación pura, santa e inmaculada, Cristo realizó sobre el altar de la cruz el sacrificio único y perfecto, que cada celebración eucarística renueva y actualiza de manera incruenta. En este único sacrificio tomó parte activa María, la primera redimida, la Madre de la Iglesia. Estuvo junto al Crucificado, sufriendo profundamente con su Unigénito; se asoció con espíritu materno a su sacrificio; consintió con amor a su inmolación (cfr L. G., 58); lo ofreció y se ofreció al Padre. Cada Eucaristía es memorial de este sacrificio y de la Pascua que devolvió la vida al mundo; cada misa nos pone en comunión íntima con la Madre, cuyo sacrificio se vuelve a hacer presente, como se vuelve a hacer presente el sacrificio del Hijo.

Juan Pablo II, 5-VI-1983

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5 comentarios leave one →
  1. El gato verde y alegre permalink
    4 abril 2013 22:48

    Me parece hermoso relacionar a María con la Eucaristía, y me parece mentira cómo no se me había ocurrido hacerlo a mí hasta ahora, Ella que tuvo a Jesús en sus entrañas, ella que lo echó en falta cuando se perdió y lo halló después en el Templo, ella que le dijo en las bodas de Caná de Galilea “no tienen vino”, ella que estuvo con Él en tantos momentos de su vida, sin duda, y que lo acompañó también en el sufrimiento por su sacrificio en la cruz…, ella, su madre.
    El mismo Jesús nos la dejó por madre a nosotros hablando con Juan.
    Cómo no relacionarla con la Eucaristía y cómo no recordarla cuando reciba este sacramento, Creo que ése, el momento de comulgar, es momento para pensar cosas como “!gracias, Jesús, por venir a mí! !Cómo puedes ser tan bueno, tan grande, no sólo para darte a mí, sino para haberme dejado a tu madre como madre mía! Solo se entiende porque eres Dios. !Bendito seas, Señor, mil alabanzas, mil glorias, al más bueno ,al más grande, al mismo Dios que tenemos la suerte de tener por Padre!
    Empecé a orar pidiendo cosas, pidiendo perdón. El hablar a Dios dándole gracias me enseñó a valorar todo lo que tengo. Pero ninguna oración me extasió tanto como la de alabar y glorificar al señor.

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    • 7 abril 2013 16:58

      ¿Sabías que San Agustín dejó escrito “Caro Christi caro Mariae, sanguis Christi sanguis Mariae”: “La carne de Cristo es carne de María, la sangre de Cristo es la sangre de María”?
      Porque, si en la concepción de Jesús no hubo intervención de varón, Él tomó “toda” su carne de María y “toda” su sangre de María. Como a Fray Vicente le gusta contemplar, ellos dos se tenían que parecer como dos gotas de agua. Y cuando tú comulgas, comulgas también a María.

      Y aquí te dejo -porque te gustarán- unas palabras que son la varita mágica para evitar que, en la comunión, Jesús resulte humillado por entrar en nosotros, pecadores:

      “La Eucaristía es la kénosis, es el despojamiento del Dios hombre; porque su suprema santidad entra en contacto con tu pecaminosidad y tu indignidad […]. Pero eso no significa que debas evitar la Eucaristía, porque a través de ella serás menos indigno […]. Jesús […] quiere venir a ti […] para que seas cada vez más digno de su venida […].

      “San Luis María Grignion de Montfort aconseja que invitemos a la Santísima Virgen a participar en nuestra Eucaristía. La presencia oculta de la Inmaculada junto a nosotros, sobre todo durante la Eucaristía, es la solución al problema de la kénosis de Cristo. Aquellos que tienen dificultades en reconocer la importancia y la necesidad de tener a María en el camino hacia Cristo opinan que ella no debe interponerse entre nosotros y Cristo, porque lo eclipsaría. Sin embargo, a la luz de la fe, a la luz del conocimiento de la santidad de Dios, y de tu gran indignidad y pecaminosidad, podrás convencerte de que la situación es diametralmente opuesta. Cuando pides que ella se sitúe entre Cristo y tú, te acercas más a Él, porque pides que ella, colocándose entre Cristo y tú, le ahorre al Señor su kénosis, su despojamiento. Porque sólo las manos de María no están sucias, y jamás lo estuvieron, son y siempre estuvieron inmaculadas. Son las únicas manos y los únicos labios inmaculados y puros, dignos de recibir el cuerpo de Cristo. Cuando quieras evitar el despojamiento de Cristo, pídele a María que ella lo reciba por ti, y, de esa manera, tratarás con el debido respeto la kénosis del Dios-hombre. Ésta es una actitud con la que expresas, simultáneamente, que reconoces tu propia pecaminosidad y que crees que Él te ama locamente al desear darte los frutos de la redención, a pesar de su despojamiento. Este amor es incomprensible” (Tadeusz Dajczer, “Meditaciones sobre la fe”, Madrid: San Pablo, 1994 (6.ª reimpr., 2004), pp. 217-218).

      Por eso, yo, cuando comulgo, introduzco la Sagrada Hostia en el Corazón de María; y cuando celebro, me gusta considerarme el monaguillo de la Virgen.

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      • el gato alegre y verde permalink
        10 abril 2013 5:25

        Tienes razón. Me gusta lo que me has puesto. Gracias.

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  2. 20 abril 2013 17:19

    Juan Pablo II: qué gran Papa. Hombre de gobierno, capaz de sistematizar, reformular y poner al día toda la doctrina de la Iglesia a partir del Concilio; capaz de mover corazones y también de hacer oración. Estos pensamientos nacen en un corazón que ora.

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  1. CARTA A JESÚS EUCARISTÍA EN EL DÍA DE JUEVES SANTO | soycurayhablodejesucristo

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