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¿SE PUEDE CREER Y SEGUIR SIENDO NORMAL?

28 marzo 2013

           [Actualizado el 5/4/2014 (adición de la nota 2)]

             Pues nada. Que hoy me pongo a escribir sobre la rampa de lanzamiento; sobre creer o no creer. Hago firme el propósito de no decir ninguna herejía, pero, por si acaso la dijere, ya me he comprado el pijama de morir en la hoguera, y procedéis.

            Creer o no creer es la rampa de lanzamiento, damiselas y caballeretes, porque es el punto focal que determina toda una vida. No hagáis caso a los que os digan que da lo mismo la fe, que importan las obras; que da lo mismo que Jesús sea Dios o no, que importan las obras que Él predicó de paz y caridad. A Jesús una vez le preguntaron: “¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios? Jesús les respondió: La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn 6,29). Ésas son las obras que Dios quiere: la fe. Y ha corregido a los preguntantes, y en lugar de decirles “las obras de Dios”, ha dicho “la obra de Dios”: creer. Porque sin fe no existe obra ninguna que tenga verdadero valor, es decir, que pueda contar ante Dios. Y porque sin fe es toda obra increíblemente más difícil. La principal obra, la fe, no es una obra, sino el comienzo de todas las obras.

          ¿Y por qué creemos los que creemos? Estamos de acuerdo en que la fe no es demostrable; pero el día en que lo fuera, dejaría de ser fe, para ser evidencia. Y fijaos en la curiosidad: por una evidencia, ni hay nadie que dé la vida, ni hay nadie que la dé sorbo a sorbo, cada día, como los buenos creyentes hacen por una fe. ¿Cuántos mártires cuenta la matemática? ¿O cuántos han muerto por la teoría de la relatividad, como no sean las víctimas del satánico episodio de Hiroshima y Nagasaki? ¿Y cuántos mártires tiene, en cambio, Jesucristo, cuya fe no es evidente?

             La fe no es demostrable. La fe no es racional. Pero la fe es razonable. Con esto se quiere decir que, como está hecha para el hombre racional, el que se pregunta siempre tiene a su disposición un camino que lo lleva al borde mismo de la fe, pero ni un paso más allá. Y, llegado ahí, como se nos pide asentimiento a una fe, no a una evidencia, el buscador está invitado a dar lo que se llama el salto de la fe.

            Vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador. ¿Cuál es ese camino, que se suele denominar los praeambula fidei, los prolegómenos de la fe, todo lo que conduce a las puertas de la fe sin dejar de pertenecer al ámbito de lo que podemos controlar con la razón? Se puede presentar de muchas maneras, y evidentemente requiere su tiempo, por lo cual yo aquí puedo bosquejar una posibilidad y nada más. Como ésta:

        Todo lo que vemos tiene una causa, y ésta, otra; la cadena no puede ser infinita; luego hay una Causa Primera, que llamamos Dios. Y quien preguntara quién ha creado a Dios se contradiría, porque hemos dicho que Él es Causa Primera, luego increada. Si es Causa Primera, debemos llamarlo creador del universo, y del big bang si hace falta, y de la evolución si se quiere –nosotros no tenemos ningún problema con la evolución; lo tienen los científicos, si no estoy mal informado, porque de las elaboraciones de Darwin queda bien poco-. Pero si ha creado, seguramente, habrá sido por amor. Y si ama, todo amante desea comunicarse con el amado, y ahí tenemos la Sagrada Escritura. Llegados aquí, el buscador abre la Biblia, y su rectitud de intención y Dios hacen el resto. Puede fijarse en los milagros de Jesús –que son milagros para demostrar-, y su Resurrección en especial, puede dejarse seducir –“me sedujiste, Señor, y me dejé seducir” (Jer 20,7)- por los gritos de amor de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento, etc.

         Dios se deja encontrar por los que lo buscan. “Que se alegre el corazón de los que buscan a Dios” (1 Cró 16,10). El que busca a Dios ya lo ha encontrado. Ahora es el momento del salto de la fe. No tenemos razones incontrovertibles, no tenemos certeza matemática, pero Alguien parece que está tirando suave, amorosamente de nuestra manga y diciéndonos: “Ven”. Sobre el salto de la fe, le escribía yo a un amigo que creo que se preocupaba demasiado por los detalles de la historia bíblica[1]:

            “Pero sigue mi consejo: deja de pelearte con los detalles; deja de buscar que cuadre todo a la perfección. Te pasaría lo que dijo Gandhi: ‘Si cerráis la puerta a todos los errores, os dejaréis fuera la verdad’.

           “A nosotros se nos pide fe, no seguridad. Fe, que es la mayor seguridad porque, desprendiéndose de los modos humanos de buscar seguridad (que siempre serán humanos), da lo que se llama un “salto” a partir del cual se apoya en los modos divinos de saber. Entonces entramos en la sabiduría de Dios, y, recostando la cabeza sobre el pecho de Jesús como San Juan, creemos todo lo que escuchamos en ese pecho, y lo creemos sin preguntarnos más: lo creemos porque de ese pecho lo escuchamos […].

            “Hay dos formas de llegar a la verdad en esto de la religión. La primera es demostrar u oír demostrar, uno por uno, día tras día, detalle tras detalle, y la relación del detalle 3.099 con el 7.218, y… al final, demostrados todos y cada uno de los pequeños fragmentos, hemos llegado a la fe. Resulta que ese camino es sencillamente imposible, porque nunca lo conseguiremos: pero, además, el día en que lo consiguiéramos…, tampoco, porque aquel día comprenderíamos que no habríamos llegado a la fe, sino a la evidencia.

           “No nos salva la evidencia. Nos salva la fe. Creer porque lo tengo todo claro ni es posible ni es creer.

          “La otra forma, la verdadera, es la que hace que, por una serie de razones, lleguemos a la conclusión de que queremos dar ese “salto”: ¡pum!, y ya estamos creyendo. Entonces, agarrados ya a Dios no al final de todo [de todo un proceso de razonamiento detalle por detalle], sino desde el principio, como creemos que Dios lo ha dicho, ya lo sabemos todo. Es fe. No es evidencia. Se sabe no menos, sino más, y de verdad.

           “Y el alma puede empezar a descansar, porque sabe que por fin se ha fiado del Padre” [2].

           Y ocurre, en efecto, que desde Dios se puede creer en millones de cosas que no entendemos. No nos hace falta. Las tenemos conquistadas. Si Dios nos lo ha transmitido en su Biblia o en la Tradición de la Iglesia, pues mire usted: el día en que me corresponda –por ejemplo, por explicarlo a otros, pero también porque amo mi fe y quiero conocerla-, me estudiaré el tema, pero mientras no me la haga, me lo creeré tan tranquilo. Creer es confiar. No podemos confiar en nadie con la seguridad con que confiamos en Dios. Por mi vecino del quinto que si esto no fuera así, todo creyente sería un doctor en teología, y además, la teología se habría acabado de construir con el primero de estos extraños creyentes imposibles. Pero, todavía, como la teología es una ciencia sobre la fe, y decimos que la fe es razonable, pero no racional, resulta que ningún teólogo tiene demostraciones que desemboquen en la evidencia.

            Hoy lo dejamos aquí. Si nadie me ha quemado ni excomulgado, otro día –bonita forma de no comprometerse con una fecha- nos preguntaremos con qué derecho pedimos adhesión a verdades indemostrables, o si no es esto de la fe una fantasmagoría en comparación con la matemática o la física. ¿Se puede creer en el siglo del genoma?

        Y os pido que pongáis vuestros comentarios, porque van a salir cosas interesantes a más no poder; lo pido en particular a los queridísimos no creyentes.Vosotros sois más importantes.

            Y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.

Miguel

[1] Ved ¿Errores en la Biblia? ¡Me doy de baja!

[2] “Quien se plantea esas dificultades hágase cristiano, porque si espera resolverlas antes, puede ser que se le acabe esta vida sin conseguirlo […]. Hay innumerables dificultades que no pueden resolverse antes de creer, bajo pena de terminar la vida sin fe. En cambio, una vez aceptada la fe, pueden estudiarse con ahínco, y así se ejercita gozosamente en la piedad la inteligencia creyente” (S. Agustín, Epístola 102, 6, 38).

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14 comentarios leave one →
  1. Como una piña permalink
    28 marzo 2013 17:45

    ¡Hola a todos! Miguel, acabo de releer:”¿Se puede creer y seguir siendo normal?” ¡Me parece tan buena idea tratar este tema: sobre qué fundamentamos nuestra fe! Me ha parecido profundo y clarificador al mismo tiempo. Y siento que es una pauta que nos ayudará a aquellos a los que, como yo, nos cuesta en ocasiones dar razón de nuestra fe. Por ello, aprovecharé esta ocasión para formularte alguna pregunta… Yo sé lo que siento y reconozco la voz de quién me habla al corazón, pero no sé muchas veces dar razón de ello, y resulta que mi particular vecino del quinto también realiza obras buenas, y es verdaderamente generoso, pero de algún modo menosprecia “mi gusto por la misa y esas tonterías…” Me dice que no necesita creer para ser bueno… Y a mí me parece bien, o así se lo digo… Pero ¿cuál es la exigencia de Dios para mí, ante su rechazo? Yo rezo por él, pero ¿qué más debo hacer? O mi vecino del sexto, que sí cree “a su manera” y me dice con bastante laxitud que no necesita ir a la Iglesia para hablar con Dios, porque Él está en todas partes. Con éste he hablado en ocasiones de la importancia de los Sacramentos, aunque acaba poniendo ejemplos de situaciones imposibles donde no poder recibirlos, y planteando que por la Gracia de Dios estaría por encima de todo ello. En fin, que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, te dejo una cuestión que seguro “nadie” te ha hecho hasta la fecha… ¡Gracias!

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    • 29 marzo 2013 2:10

      No, si el único problema va a ser la extensión de mi respuesta; soy incapaz de brevedad, amigo “Como una piña” (yo comería dos). Pero me parece que lo primero que hay que decir es que tienes que leer; que necesitas formarte; que hay obras interesantísimas que responden a miles de cuestiones como éstas. Porque tú dices, hablando de la fe, que Dios te habla al corazón, pero “no sé muchas veces dar razón de ello”, y es de miedo, porque si abres la Biblia por 1 Pe 3,15, te encuentras: “glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza”. San Pedro nos dice: Corazoncito, sí, sí; pero también se os pide razón. Y para estar “dispuestos”, hay que estar preparados.
      Busca por aquí, si quieres, un artículo titulado “Pero ¿de verdad le cuesta a usted tanto leer sobre Lo Importante?”
      No te conozco, ni sé de tus circunstancias laborales o familiares, si tienes mucha o poca capacidad intelectual, si tienes mucho o poco tiempo…, pero, aun así, te aseguro que, sean cuales sean las circunstancias, en una buena librería religiosa hay muchos libros sobre estas materias que se adaptan a ti. Y a mí me parece que una exigencia de Dios -como me preguntas- es que leas esas cosas.
      Nuestra fe es una cultura, y entiendo ahora por cultura, principalmente, el resultado de una larga labor de colocación de una piedra sobre otra, de progreso en los contenidos religiosos dentro de la Biblia y dentro de la Tradición, de ahondamiento constante en los cómos y los porqués, de evolución en las formas de presentar lo esencial sin cambiar su significado. Y esa cultura no la tienen muchos. Lo que compartimos todos es la “natura”, el hombre de dos brazos y dos piernas, y todos somos capaces de muchas afirmaciones elementales. Como tú compartes la “natura” con tus queridos -¡quiérelos mucho!- contradictores, y no tienes el apoyo de la cultura, en el fondo de ti, con tu “natura”, piensas, o por lo menos sientes, que ambos vecinos, el del quinto y el del sexto, tienen razón. Porque esta clase de vecinos nos torpedean de “natura” a “natura”, y si ni ellos ni nosotros tenemos la “cultura”, entonces está claro: lo elemental vence. Pero vence porque es elemental -no porque sea verdadero- y porque ni ellos ni nosotros manejamos adecuadamente la herramienta “cultura”. Y seguimos creyendo, pero con la fe del carbonero, que es la que no sabe dar razón ni para los demás ni para sí misma: la que Dios no quiere.
      Y ahora, vamos vecino por vecino. Al del quinto, ¿por qué le dices que te parece bien lo de “no necesito creer para ser bueno”, si no estás de acuerdo? En todo este lío, el problema eres tú, porque estás, Súper-piña, un poco perdidito. Perdona que te diga estas cosas, pero una de las mejores formas de caridad consiste en decir la verdad, y según San Agustín, el amor al amigo exige el odio a sus defectos. Pero a este querido vecino le puedes decir muchas cosas. A mí se me ocurren éstas:
      a) La religión no es un moralismo. Nosotros no “creemos para ser buenos”. Creemos para conocer la verdad, para ser buenos, para ser felices (eso no creo que lo sea tu vecino), para amar torrencialmente a Dios y a los demás, y… para que esa felicidad se prolongue, multiplicada al infinito, cuando nos pongan el pijama de madera. Si se parara a pensar, a tu vecino del quinto, ¿le daría lo mismo que hubiese o no hubiese, en la superficie dolorida de esta vida que pisa él como pisamos todos, un Ser infinito que le ama infinitamente hasta dar por él todas las gotas de toda su sangre? ¿Es que se puede vivir igual después de llegar, si se llega, a conocer a este Dios a quien, ahora, resulta que le interesa mi trabajo, mi coche, mi novia, mis tristezas, mi sacapuntas y mi colección de sellos, y encima, le interesan más que a mí mismo? ¿Y si añadimos que lo puedo recibir, en cuerpo y alma, a diario, para comérmelo a besos? ¿Y si añadimos que me ha regalado lo que nadie jamás regaló: la Madre? No. A tu vecino del quinto no puede darle igual.
      b) Vaya el vecino con cuidado con sus buenas obras y su desprecio de tu Santa Misa. Nosotros no hacemos ni una sola obra realmente “buena”, es decir, digna de Dios. ¿Por qué? Es fácil: porque Dios es infinito, y nosotros, finitos. Si salvo a doscientas personas de un incendio, la bondad de esa obra va para las doscientas; ante Dios, no vale nada. Sólo la obra de un Hombre -toda su vida es una sola obra- tiene valor ante Dios, porque ese hombre es Dios. Y cualquier obra que yo haga tiene valor desde el momento en que yo, de una forma u otra, la uno a la Obra de ese Jesús. Y esa obra está en la Santa Misa, que para algo es nuestra diaria renovación incruenta del sacrificio de la Cruz. ¿Sabes un momento que me parece mágico, maravilloso en la Misa? Cuando pongo la gota de agua en el vino que voy a consagrar. Lo comentaba un padre de la Iglesia: “Christo populus adunatur”. “El pueblo se hace uno con Cristo”. Ahí están, en esa gota que suele pasar desapercibida, los doscientos que rescaté, que ahora sí, en cuanto unidos a la Obra de Cristo, tienen valor ante Dios.
      c) Hay, por lo tanto, una diferencia abismal entre las buenas obras de tu vecino del quinto y las tuyas. Las de él, se las llevará la trampa. Morirá él, morirá un día aquel quien hizo tal favor, y del favor no quedará nada sobre la tierra. Pero si tú estás uniendo tus buenas obras a la de Jesús, cada una de ellas -sin olvidar la más pequeña- va cayendo en la memoria de Dios, en el Corazón de Dios, en la memoria agradecida del Corazón de Dios, y brillará como las estrellas para hacer las delicias de los ángeles durante muchos siglos de siglos.
      d) Leemos en 1 Cor 13,3: “Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía”. Y la caridad no puede tenerse sin fe. Sin fe se tienen buenos sentimientos que producen obras excelentes. Si no hay caridad, si no hay conexión con Cristo -que sólo es posible por la fe-, estamos en las de antes: qué pena de buenas obras las de tu vecino. “Oh Dios, qué buen vassallo / si oviesse buen señor”, castellanos somos.
      Yo me doy cuenta de que estas razones, sobre todo las últimas, en cierta medida presuponen la fe. Pero lo que presupone la fe no es siempre inútil para el que no la tiene. Como mínimo, sirve de incitativo; pero cambiamos de vecino.
      El vecino del sexto me parece más fácil.
      Le puedes decir, primero, que Dios está en todas partes, pero no en todas de la misma manera, y donde más intensa y maravillosamente está, es en la Eucaristía. Yo puedo tener un retrato de mi padre, un libro escrito por mi padre, una conversación sobre mi padre…, y a mi padre en carne y hueso diciéndome: “Buenas; nos vamos a comer”; en todo eso está mi padre, pero mi padre está insuperablemente cuando se abre la puerta y aparece. Jesús está en la creación, en los pobres, en la Sagrada Escritura, en la Iglesia, en los sacerdotes, en los santos, en el momento en que alguien hace el bien o dice la verdad…, pero Jesús está insuperablemente en la Eucaristía. Si tu vecino, pudiendo hablar con Jesús, habla con un crucifijo, algo hace; pero hace muy poco. Y si no, dile que, si Dios está en todas partes, no pare de rezar en todas partes, y de adorarle, y de darle gracias, y de pedirle que todos lo amen. Y cuando vea una caca de perro por la calle, que haga ante ella una genuflexión, porque en ella está Dios.
      En cuanto a lo de tu vecino y los sacramentos, si lo he entendido bien, él cree probar que no son necesarios porque Dios siempre daría la gracia en caso de imposibilidad. Muy bien. Así es. Dios daría la gracia del perdón a un moribundo que, no pudiendo confesarse, pidiese perdón; ahora bien, resulta que “qualis vita, finis ita”: se muere como se ha vivido; eso implica que una persona que no tiene costumbre de pedir perdón a Dios no lo pedirá de la debida manera en el lecho de muerte. Así es; exactamente así. Y al final, hemos llegado a la conclusión de que, para pedir perdón al final, hay que ir pidiéndolo por el camino; sin Confesión, difícil perdón.
      Y es verdad -¡éste sabe!- que a Dios le sobra gracia por encima de la que ha puesto en los sacramentos; pero me parece a mí que ese plus infinito no será para quienes rechacen los sacramentos. Porque Dios ha dejado siete sacramentos como siete letreros que dijeran: “GRACIA, AQUÍ” con una flecha así de grande, y no vale presentarse a buscar la gracia en el bingo. Si buscamos a Dios, hagámoslo como Dios lo ha inventado.
      Que la Virgen te guarde, Como Una Piña. Gracias por confiar en este cabestro.

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      • Luna permalink
        31 marzo 2013 23:58

        Creo que además puedes hacer otra cosa, Piña: reza por tu vecino del quinto y por tantos vecinos como pueda haber en tu escalera.

        Azaña, el anticlerical, el matacristianos, se convirtió en el último momento, porque una niña de siete años supo cómo era y rezó para que viera la luz.

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  2. Calamardo permalink
    31 marzo 2013 1:21

    Perdonad que me salga del tema, pero esta vez he de hacerlo.
    Al ver a los sacerdotes renovar sus Promesas en los oficios de Jueves Santo, no puedo sentir sino una enorme emoción y gratitud.

    Gracias por vuestra entrega, Padre Miguel, Fray Vicente y sacerdotes que entráis en este blog. Felicidades por vuestra perseverancia.

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    • 31 marzo 2013 1:46

      Casi seguro que ya lo haces, pero para otros, diré lo que decía -si no me equivoco- Pío XII de los misioneros: que no necesitan que los admiren, sino que los ayuden.

      Necesitamos mucho vuestras oraciones, porque muchos de nosotros, y desde luego yo, somos muy pecadores. Y necesitamos oración por todas partes para que se llenen los seminarios, y ésta, incluso, está mandada en el Evangelio: “La mies es mucha y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe operarios a su mies” (Lc 10,2). Si no, se nos pueden estar yendo las almas por el agujero de la letrina. “La caridad de Cristo nos urge” (2 Cor 5,14). ¡Es cuestión de amor!

      Y hablando de presencia de curas tal que aquí, podrías decirle a tu compinche del otro blog que se dejase oír un poco más.

      Vamos, digo yo.

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      • Calamardo permalink
        31 marzo 2013 23:50

        Oído barra, ahora le invoco.

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  3. 2 abril 2013 1:04

    Luna exhortaba a la oración el 31 de marzo. La historia que él cuenta me ha recordado otra. Parece ser que, en los inicios del sacerdocio de S. Josemaría Escrivá, había un periódico anticlerical que hacía mucho daño. Y había en el barrio que él frecuentaba una mujer simple, tan simple que, más que simple, la llamaban “Enriqueta la Tonta”. S. Josemaría le encargó que rezase por la desaparición del periódico, y así, por las simplonas oraciones de un alma tonta, el periódico pasó a mejor vida.

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  4. 8 abril 2013 1:48

    ¿Y qué me dicen de Santa Teresita? Se propuso rezar por los misioneros y es hoy (creo) la patrona de las misiones. Seguro que en el anonimato de su convento hizo muchísimo más por ellos que el dinero que se recauda en el DOMUND. La oración mueve montañas.

    Por mi humilde experiencia, sé que, tratando de convertir a alguien con razonamientos, sólo se consigue que se “empecinen” más y den la tabarra con argumentos de lo más peregrino, y siempre en círculos, como provocación. Hay otros que ya están en el camino y son más receptivos. Pero nunca es convencer, sino proponer. Cada persona tiene su tiempo, pero algunas están casi petrificadas en sus errores y sólo una intervención directa de Dios podría hacer el milagro. Bueno,siempre es gracias a Él, porque sólo por nuestras fuerzas, no podemos nada; eso tiene que quedar claro.

    Dar buen ejemplo, ser generoso y llevar una vida coherente con lo que se cree es una buena manera de evangelizar. ¡Pero sin ñoñerías, por favor!

    La conversion de Sta. Edith Stein -una filósofa hebrea atea, nacida en Alemania- se empezó a fraguar por una amiga católica alemana: no porque ésta tratara de convertirla, sino porque ella vio que en el hogar de su amiga había paz y armonía y rezaban. El marido de ésta creo que también era filósofo y profesor en la Universidad. Allí, en esa casa, un día que esperaba a su amiga empezó a hojear libros de tema religioso y empezó a sentir curiosidad por la fe de sus amigos, y así poco a poco llegó a su conversión. Ella cuenta que una de las cosas que le tocaron en el alma fue la serenidad de su amiga cuando en la Gran Guerra mataron al marido de ésta y quedó viuda con seis o siete hijos, y siempre tenía esa serenidad que da tener fe, pues ponía toda su confianza en la Providencia, ¡que nunca falla!

    Digo todo esto porque no se debe uno obsesionar con nadie para que se convierta. Si es un amigo y siente curiosidad, se le escucha, eso es muy importante. Las personas están muy necesitadas de ser escuchadas. Si no se sabe dar una respuesta, lo mejor es decir sencillamente que no la tiene y no liarse ni liarla. Se le puede puede recomendar algún libro, prestárselo o regalárselo (el mejor es la Biblia, para empezar). También se le puede invitar a que nos acompañe a una conferencia interesante sobre estos temas, enviarle algún articulo que nos haya gustado, etc. Pero sobre todo NO AGOBIAR, y encomendárselo al Señor para que envíe gracia suficiente para que le ablande y abra su corazón a la conversión, y ponerlo en Sus manos. Todo con sencillez y naturalidad, y si insiste en saber más, se le recomienda a algún buen sacerdote que le instruya mejor.

    ¡Saludos, P. Miguel!

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    • 10 abril 2013 17:48

      Amiga OA, en substancia estoy de acuerdo con lo que dices, pero no dejo de darme cuenta de que, si no está en tu contestación, sí da la impresión de que está una renuncia a las palabras que es un grave mal entre los cristianos que hoy piensan en el apostolado. Siempre te insistirán en la coherencia y el ejemplo, y tienen razón, pero no la tienen si detrás de eso ocultan un fatalismo según el cual hablar y convencer es imposible. Incluso “convencer” lo hacen sinónimo de “derrotar” y por tanto lo consideran malo.

      Por supuesto que hay que tener mucho cuidado con el tramo de camino en que se encuentre nuestro amigo, y no confundirse pensando que puedo convertirlo porque tengo muchos argumentos. La conversión del corazón no es la conversión de la cabeza. Y habrá momentos en que nuestro único posible argumento será dar un abrazo porque ha perdido el trabajo o llorar con el que llora porque ha perdido un hijo.

      Pero no vale callar sempiternamente. Jesús nos dice: “Euntes, docete”: “Id y enseñad”; “lo que habéis oído en secreto, gritadlo desde los terrados”. Hay que saber el momento y hay que encontrar el tono.

      Quizá la clave -nada fácil- sea partir de un auténtico amor de amistad y de misericordia con esa persona, porque si, en lugar de ello, partimos de la Verdad que llevamos en el corazón, contamos con un solo dato, y es, desde el punto de vista táctico, el que menos importa; ya que la medida, en estos momentos, no es nuestra piedad ni nuestro amor a Dios, sino el tramo recorrido por el amigo. Y si no ha recorrido un tramo suficiente, los argumentos más excelsos es posible que no sean siquiera escuchados.

      Queda claro, a mi parecer, que a) hay que hablar y b) hay que saber cuándo y cómo. Y, sobre todo, c) lo que dices también: hay que orar “sin desfallecer”, diría S. Pablo: eso sí que es importante. Nosotros somos absolutamente impotentes sin la oración, y el que crea otra cosa, que me cuente sus resultados dentro de quince años. En realidad, no me hace falta, porque ya sé qué forma tiene un cero.

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  5. 8 abril 2013 2:04

    ¡Ah! P. Miguel, se me olvidaba: Ustedes no es que sean muy pecadores, es que son humanos, y si se descuidan, “el Patas Cornúpeta” va a por todas contra Uds. Son su objetivo primordial… Si cae el “pastor”, se dispersan las ovejas…Ése es su plan.

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  6. 10 abril 2013 17:54

    Por eso tú rezas tanto por nosotros, y te doy las gracias.

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  7. Subsiervo permalink
    18 junio 2015 5:47

    Creo que el título sería más justo si dijera: “¿SE PUEDE CREER Y SEGUIR SIENDO ANORMAL?” La fe es lo único que nos vuelve sensatos (quizás no a los ojos del mundo, pero a los de Dios).

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