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LA SABIDURÍA DE DIOS SEGÚN FRAY VICENTE-VII

15 marzo 2013
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VOY A COMPARTIR CON USTEDES UNA PÁGINA DE MI VIDA…

            El Apóstol San Pablo les escribió a los filipenses estas palabras:

           “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” (Filipenses 4:4).

            Y a los tesalonicenses también les dijo:

           “Estad siempre alegres” (1 Tesalonicenses 5:18).

            Ahora bien, si de algo vale mi opinión, yo pienso que hay situaciones en la vida en que no parece tan fácil “alegrarnos” por las cosas que nos suceden. ¿Podemos acaso alegrarnos cuando estamos enfermos? ¿Podemos alegrarnos cuando perdemos el trabajo? ¿Podemos alegrarnos cuando un familiar nuestro muere? Etc.

            El Apóstol Santiago, empero, haciendo caso omiso de mi opinión, se aventuró a decir:

           “Considerad como un gran gozo, hermanos míos, cuando estéis rodeados por toda clase de pruebas”  (Santiago 1:2).

            Y el Apóstol Pedro va más allá y dice:

           “Queridos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño, sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo…” (1 Pedro 4:12-13).

            Yo no sé si los Apóstoles se pusieron de acuerdo o no, pero el caso es que todos afirman lo mismo – a saber, que debemos alegrarnos en cualquier circunstancia.

            Amados lectores, a la luz de estos textos bíblicos, quiero compartir con ustedes una página de mi vida.

            La hermana de mi abuela materna (mi tía abuela), que nació en Madrid y respondía al nombre de María Ana de Jesús, falleció cuando tenía 104 años.

            Sus devociones favoritas eran la Santa Misa, el Santo Rosario y el Trisagio.  Yo era su “sobrino” predilecto y me sentaba, primero, en sus piernas, y más tarde, a su lado, y me contaba miles de historias que a mí me resultaban fascinantes. Al mismo tiempo, inyectaba en las venas de mi alma el fluido salutífero de una piedad sólida aunque sencilla. Fue ella la que me enseñó a rezar el Santo Rosario, que con el paso de los años ha llegado a convertirse para mí en una adicción, y no puedo prescindir de esa droga mariana por lo menos cinco veces al día, aunque hay días que necesito una sobredosis y llego a rezar seis, siete y hasta ocho coronas.

            Con aquel rezo del Rosario y aquellos rudimentos aprendidos de labios de María Ana, la Santísima Virgen hizo en mí maravillas y me llamó al servicio de Cristo. Mi mamá –no sé si en tono de chanza o en serio– le decía a mi tía: “Tú eres la culpable de su vocación”.

            Ella la miraba estupefacta. ¡Pobre mujer!, su única culpa había sido enseñarme a rezar el Rosario, porque de lo demás, se encargó la Virgen.

            Bueno, a lo que voy… Esa criatura devotísima de la Santa Misa, del Santo Rosario y del Trisagio SIEMPRE ESTABA ALEGRE. En todos los años en que tuve el privilegio de estar con ella, de amarla, de escucharla y de mimarla…, nunca la vi enojada. ¡Sí!, pasó CIENTO CUATRO AÑOS SIN ENFADARSE POR NADA. Tenía un carácter tan jovial, tan dulce y tan especial que todo el mundo la quería y la buscaba.   Había sufrido varias operaciones, su salud era bastante precaria, y los reveses de la vida no la habían pasado por alto. No obstante, jamás perdió la calma ni la alegría.

            Entre las muchas cosas que le acontecieron, perdió la magnífica casa en que vivía y se vio obligada a mudarse a un apartamento de un solo dormitorio en el interior de un edificio de un barrio bastante mediocre. Recuerdo que aquella tarde fui a visitarla en su nuevo domicilio, me recibió con una sonrisa de plena satisfacción y me dijo: “Ven para que veas la vista que tengo a la calle”. Me condujo, pues, a una rendija minúscula por la que no se veía nada…  Si por allí pasaba un auto, es posible que pudiera distinguirse parte de su puerta, y nada más. Yo la miré horrorizado, pero no le respondí…

            Ella estaba disfrutando de un gran momento de su vida… Se sentía feliz y pensaba que aquel contratiempo no era más que un gran logro.

            Cuando tenía 100 años, quedó postrada en la cama. Su hija, Martina, otra santa mujer cuyas únicas aficiones eran rezar y servir al prójimo, la atendía con todo amor y cuidado.

           Postrada en la cama, mi tía María Ana comenzó un día a decir el Trisagio: “Santo, Santo, Santo, Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo, Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal”, etc. No sé cuántos conocen esta oración, pero es una alabanza a la Santísima Trinidad. Y de un Trisagio pasó a otro trisagio, y así permaneció rezando el Trisagio los últimos cuatro años de su vida, marcando las repeticiones con el rosario que tenía en la mano. No hablaba con nadie. Si alguien se le aproximaba, ella se sonreía, pero no dejaba de pronunciar las palabras del Trisagio. En aquello le iba la vida.

            Yo solía decirle a su hija: “Mi tía es como uno de esos seres del Apocalipsis que no cesan de decir día y noche ‘Santo, Santo, Santo’” (Apocalipsis 4:8).

            Y nunca supimos cuándo dejó de rezar el Trisagio en la tierra para continuarlo en el cielo, porque un día amaneció su cuerpo sin vida, con una sonrisa en los labios y el rosario entre las manos.

           ¿Por qué les cuento todo esto? Bueno, porque además de querer tributarle un homenaje de gratitud a mi tía por haber sido mi primera maestra en la vida espiritual y la culpable (en parte) de mi vocación, su ejemplo nos dice muy claramente que todas esas cosas que dijeron los Apóstoles son ciertas, accesibles y practicables.

            Una palabra más… En las Escrituras (sobre todo en los Salmos), se habla de alabanza y también se habla de sacrificio de alabanza.   La alabanza es para cuando todo nos va bien y nos sentimos felices, pero el “sacrificio de alabanza” es para cuando las cosas no nos van bien y nos atrevemos POR FE a decirle al Señor: “GRACIAS”.

            Ese “gracias” de corazón es la expresión de nuestra confianza, cautiva el Corazón de Cristo y hace que Sus gracias se derramen sobre nosotros a raudales.

 Fray Vicente (Buenos Aires)

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