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EL PAPA NO SE VA

12 febrero 2013

         Cambia de lugar. No se va. Sigue en pie, erguido, sin tener otros intereses que los intereses de Cristo Jesús (cfr. Flp 2,5), sirviendo a la Iglesia como al amor de toda su vida.

         ¿No fue bajo su pontificado cuando recibí la ordenación sacerdotal? Y tengo enmarcada la bendición que me dirigió, con su efigie, para que me acompañe hasta mi muerte.

         Abrí el ordenador. Encontré en el correo electrónico un extraño titular. Mi primera reacción fue un llanto desolado. Benedicto XVI, el Papa amado, una de las personas que más quiero, ha visto que es voluntad de Dios que pase a servir en otro puesto. Me dolía el alma.

         Hacía pocos días que, con una ilusión infinita, le había mandado, a través del Nuncio, mi tesis de licenciatura sobre la devoción al Corazón de María, con una dedicatoria que no le pondría a una novia. La verdad es que ahora existe alguna posibilidad de que, en su nuevo lugar, la vea. Pero eso no quita nada a mi impresión de repentina orfandad.

         Benedicto XVI ha presentado, hoy, 11 de febrero de 2013, su renuncia al pontificado, y pasa al que hasta ahora ha sido convento de clausura en el Vaticano, para dedicarse a la oración. Explica que, por la edad y por la complejidad de los problemas de la actualidad, no se ve ya capaz de seguir al frente de la Iglesia.

         Joseph Ratzinger. 16 de abril de 1927. Marktl am Inn, Alemania. Hijo de un policía local. Alistado contra su voluntad en la organización juvenil hitleriana: nunca fue a recoger el carné. Seminarista en Traunstein, con diversos traslados debidos a la guerra. Llamado a filas para servir baterías antiaéreas. Proclama sin ambages ante los superiores que quiere ser sacerdote.

         Acabada la guerra, terminará ordenándose sacerdote, con su hermano Georg, en la solemnidad de San Pedro de 1951. Vicario parroquial. Su vocación de profesor de teología sufre un duro revés por el rechazo de su tesis de habilitación –que se añade a la doctoral, para poder enseñar teología en Alemania-, que pareció demasiado avanzada; tendrá que limitarse al último capítulo, y, reelaborándolo, logrará la habilitación en una sesión en la que ni siquiera se le permitió hablar.

         Profesor, sucesivamente, en cuatro universidades. Uno de los teólogos más influyentes en el Concilio Vaticano II. Cofundador de dos revistas teológicas con personalidades como Karl Rahner, si bien éste y otros derivan hacia posturas no eclesiales que obligan a Ratzinger a abandonar.

         Arzobispo de Múnich y Frisinga en 1977 y cardenal en ese mismo año.      Nombrado por Juan Pablo II prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1981), “el puesto más duro de la Iglesia” (como alguien ha dicho); pide al Papa que le autorice a seguir publicando libros, pero el tiempo no se lo permitirá mucho. Lleva una vida sencilla, dedicando las mañanas al trabajo en la Congregación, y las tardes al estudio. Se enfrenta con la deletérea “teología de la liberación”. Se convierte en la mano derecha del B. Juan Pablo II, algunos de cuyos documentos principales son de mano del Cardenal, y a quien en ocasiones tiene Ratzinger que hacer alguna corrección.

         A la muerte del gran Papa, Joseph Ratzinger es elegido para sucederle, “con gran susto mío”, como ha comentado.

         Así como fue una de los principales artífices del Vaticano II, Benedicto XVI será recordado también, sin duda, como una figura crucial en lo que se refiere a la recepción del Concilio, después de la tristísima crisis que se produjo tras la asamblea. El Papa ha explicado que la crisis se debió a la existencia de una “hermenéutica de la ruptura y la discontinuidad”, a la hora de interpretar el Concilio, junto a una “hermenéutica de la reforma” acorde con el espíritu del Vaticano II, la cual, explica, ha producido espléndidos frutos.

         Ha hecho el Papa mucho hincapié en la liturgia –la actividad más importante de la Iglesia-, con el espíritu de volver a centrar todo en Dios y en Cristo, dejando en segundo lugar otros factores como la comunidad o la fiesta por la fiesta. Ha tenido que enfrentarse al durísimo problema de los abusos a menores por parte de algunos clérigos. Ha recibido a un crecido número de anglicanos que deseaban pasar a la Iglesia católica. Ha dado importantes pasos en las relaciones con los cristianos ortodoxos y ha logrado lo que parecía imposible, que es iniciar el diálogo con los musulmanes. Ha presidido tres Jornadas Mundiales de la Juventud (Colonia, 2005; Sidney, 2008; Madrid, 2011). Ha visitado numerosos países.

         Pero lo que más se recordará de Benedicto XVI es su magisterio, luminosísimo, a menudo sublime, y de una clarividencia y penetración que han pasmado al mundo. «Joaquín Navarro Valls […] calificaba el pontificado de Benedicto XVI como una gran “pastoral de la inteligencia […]. Tiene una gran riqueza conceptual y de contenido en su modo de explicar, que está ilustrando a toda una generación […]. Yo creo que la reacción que se ve en muchísimos ambientes de todo el mundo es sencillamente decir: “Esto es lo que queremos oír, lo que es actual en este momento, lo que este momento cultural necesita”»[1]. Ha publicado tres encíclicas: Deus caritas est, Spe salvi, Caritas in veritate; tres exhortaciones postsinodales: Sacramentum caritatis, Dei Verbum, Africae munus. Son de gran valor sus homilías, alocuciones, audiencias, cartas, etc.; se ha dicho, con razón, que cada una de ellas es “una encíclica en miniatura”. Ha escrito, como obra particular -y no de magisterio-, Jesús de Nazaret, en tres volúmenes (2007, 2011, 2012): para mí, una de las lecturas más maravillosas que he hecho en la vida; un verdadero acontecimiento editorial, en el que Ratzinger nos transporta a auténticas cumbres de sublimidad en la interpretación de la figura y la obra de Jesús, y nos enriquece la vida de una manera imborrable; una obra nacida tanto de una profundísima intimidad con el Maestro como de una perspicacia sin igual en una reflexión llevada a cabo durante muchos decenios.

         Quien esto escribe tiene la impresión de que la clave del pontificado ha sido una ambición muy simple, muy alta y muy difícil: devolver la Iglesia a Dios y devolver el mundo a Dios. Creo que esta clave puede englobar casi todas las actuaciones y, sobre todo, las intervenciones doctrinales, y entre otras cosas, la insistencia en la relación de cooperación –y no de contrariedad- entre la fe y la razón. En el momento que nos toca vivir, está secularizado el mundo, y Benedicto XVI le ha gritado de todos los modos que vuelva a Dios porque Dios es su felicidad. Y está secularizada, en gran parte, la Iglesia, y no sólo en términos de tendencias –en otras palabras, el cisma interior, la dolorosa llaga que supone el haber perdido en parte la unidad-, sino que cada uno descubrirá en sí mismo zonas de secularización; y, entre otras cosas, el Pontífice ha querido volver a colocar a Cristo en el centro de la liturgia, y así se entienden, no sólo la propuesta –nunca imperativa- de colocar un crucifijo encima del altar, sino también la rehabilitación del Misal anteconciliar como forma potestativa.

         Y lo deja. Ha dolido. ¿Cobardía? Humildad. Humildad y ganas de mejor servir a la Iglesia. Demuestra ser capaz de pensar que otros lo harán mejor que él. Y si eso es así, seguir sería una traición.

         Y por último, hemos de ver las cosas con sentido sobrenatural. Si tenemos fe, amaremos más a un Ratzinger oculto que está rezando por nosotros que al Benedicto XVI de todas las pantallas. Qué luminosas palabras os puse hace poco: “Lo recibido es más importante que lo hecho, y lo invisible es más real que lo visible”. Son suyas. Quiere cumplirlas. Se va a donde no se le verá. A la oración. Se va con Dios y con María. Y se va a recibir, porque orar no es hablar a Dios, sino escuchar a Dios.

         El Papa que seguiré amando, desde su rincón, hará más por nosotros que todo lo que he narrado y lo que me haya dejado. Vale más lo invisible. Vale más lo recibido. Sigo, terco, insistiendo en que el más pequeño acto de amor a Dios vale más que todas las obras del mundo (S. Juan de la Cruz). Pues hablamos, amigos, de teólogos, el P. Francisco Suárez, que es uno de los mayores teólogos del s. XVI, decía que hubiera cambiado todo su saber por el mérito de un avemaría.

         Gracias, Santo Padre. Yo no lloro ya. Acepto la orfandad. Porque me consta que, desde su rincón, el Papa amado, ahora Card. Joseph Ratzinger otra vez, rezará por mí muchas avemarías[2].

Miguel


[1] Pablo Blanco Sarto, Benedicto XVI (El Papa alemán), Barcelona: Planeta, 2010, p. 376.

[2] Os recomiendo visitar: http://www.unav.es/tdogmatica/ratzinger/ (Foro de Estudios Joseph Ratzinger).- Una biografía: Pablo Blanco Sarto, Benedicto XVI (El Papa alemán), Barcelona: Planeta, 2010.- De las obras del Papa, yo me quedo sobre todo con Spe salvi, Sacramentum caritatis, Dei Verbum y los tres volúmenes de Jesús de Nazaret.


 

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10 comentarios leave one →
  1. 25 febrero 2013 22:10

    Me gusta su comentario sobre la renuncia del Papa Benedicto XVI, y cómo, sabiendo el Papa el impacto mundial que tendría su renuncia, igual se atrevió, porque no es de este mundo, sino que es del Reino de los Cielos. Si yo personalmente, ahora recién puedo ver al Papa Benedicto XVI, recién puedo ver o valorar más todo lo que ha hecho. Gracias a todos.

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    • 27 febrero 2013 22:47

      Creo que nuestro gustoso deber ahora es rezar por él, por el cónclave y por el futuro Papa. Y un consejo, que es casi un deber de gratitud que tenemos con él: lee con frecuencia sus documentos. Las homilías son normalmente lo más fácil, y al mismo tiempo muchas veces son lo más sublime. Así conocerás al Papa mejor que si lo vieras personalmente. Un abrazo.

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  2. Maria Luisa Fontcuberta permalink
    26 febrero 2013 23:21

    Pensando como hombre, es correctísimo cómo actúa el Papa, y todas las razones son válidas, pero se tiene que seguir en la silla de Pedro hasta morir, ¿acaso muriendo como Jesús en la Cruz no se es Rey de Luz y de Amor? Grande es mi dolor de que no se tenga tal altura…, venga a nosotros tu Reino, Señor. ¿No es el Espíritu Santo el que rige la Santa Madre Iglesia, o son las fuerzas humanas?

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    • 27 febrero 2013 23:04

      Discrepo, pero estimo.
      Que se tiene que seguir en el pontificado hasta morir, no lo dice la Iglesia, y en el canon 332.2 del Código de Derecho Canónico (que es Magisterio de la Iglesia) está prevista la renuncia; hay precedentes históricos.
      Si un Papa ve que decaen sus capacidades, ¿no es humildad y servicio a la Iglesia dejar paso a otro, y no creerse insustituible, sino pensar que hay otros que lo harán “mejor que yo”? Quedarse considerándose incapaz sería una traición y haría daño.
      Luego, el Único que, muriendo en la Cruz, es Rey de Luz y de Amor, es Jesús. El Papa no. Por otra parte, Jesús ya lo era antes de morir en la Cruz; a Pilato le dice: “Yo soy rey” (no “seré”). Desde entonces, quien une a la Cruz de Jesús su sufrimiento le ayuda a “co-redimir” el mundo (porque la Redención está hecha por Él, pero no aplicada en todos); ¿no puede ser ése el caso del Papa, que pasa de ser el hombre más impotante del mundo a esconderse para que sólo lo vea el Padre, y, también, para darnos su ciencia porque está persuadido de que la verdad salva?
      En suma, estoy plenamente convencido de que, efectivamente, el Espíritu Santo rige la Iglesia, pero también… de que lo hace: es decir, de que es Él quien de un modo u otro ha inspirado al Papa la decisión.
      Que conste en acta que lo digo después de haber llorado a moco y baba por la renuncia.
      Y que conste que discrepo, pero estimo. Sobre todo, lo segundo. Un abrazo.

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  3. Mario Bosch permalink
    27 febrero 2013 16:13

    Todos somos humanos, y nuestras fuerzas deberían llegar del Espíritu Santo.

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  4. 1 marzo 2013 22:46

    No puedo dejar de responderle, muy estimado Padre Miguel: El Papa tiene la gracia de estado, es el representante de Jesús en la Tierra y la máxima autoridad en ella, y tiene que actuar como Jesús; ¿se bajó Jesús de la cruz por sus dolores físicos? Porque le amo en Cristo Jesús, de verdad, pido al Espíritu Santo que eleve su espíritu, Padre Miguel, a donde todavía no ha llegado. Este punto no es tema de catequesis, pues no me conoce, ni de palabras.
    También el Cardenal polaco Stanislaw Dziwisz ha dicho “que de la cruz no se baja”. Es claro que el Papa continuará en la cruz… ¡Y de qué manera!
    En unión de oraciones, y solicitando su bendición de ministro de Cristo, dignidad impresionante. Aclaro, está bien como se dirige al mundo, pero cuando habla de usted, deja muy mal la dignidad sacerdotal, y esto me duele y mucho. Gracias por su atención.
    Maria Luisa Fontcuberta

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    • 2 marzo 2013 1:10

      Queridísima María Luisa: Me gusta mucho que, por fin, haya alguien que deje comentarios para criticar mis afirmaciones, incluso a mi persona. Si no, parecemos todos una procesión de beatitos. Y le agradezco que pida por mí al Espíritu Santo, porque bien sabe Él que lo necesito. La bendición, ya se la he dado.
      Me parece que hay en su respuesta algunas cosas que no se entienden.
      Conocía la frase del Card. Dziwisz. Pero observe una cosa: ¿puede citarme otro cardenal que haya criticado la renuncia? Una golondrina no hace verano. Lo que no se entiende en este punto es que al principio reprocha al Papa bajarse de la Cruz, y luego cita esas palabras de Dziwisz, pero a continuación pondera el grado en qué Benedicto XVI seguirá en la Cruz. Son contradicciones, y me imagino que de la expresión, pero no logro adivinar lo que intentaba decir… y no ha dicho.
      Y luego -cuidado con cómo se me entienda esto-, la Cruz no es un absoluto. Me viene a la memoria una explicación de la Cruz dada por el mismo Jesús: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”; podía habernos redimido moviendo un dedo, pero mover un dedo no demuestra el amor… Es el mismo Benedicto XVI el que nos ha explicado que la Cruz no nos habla de muerte, sino de un amor capaz de llegar hasta la misma muerte; lo cual es muy distinto. Lo absoluto en la Pasión no es la sangre: es el Amor. Y también lo absoluto en nuestra religión.
      Y si no es un absoluto, Benedicto XVI ha entrecerrado los ojos, ha buscado el absoluto que se llama amor, y ha visto que la mejor manera de ejercerlo para él ahora era pasar a segundo plano. Que es lo mismo que hizo Jesús durante treinta años de vida oculta, los cuales también son Redención para nosotros. Y observe: de vida pública, fueron sólo tres.
      Pero, por lo demás, si “el Papa tiene la gracia de estado”, y usted y yo no -ya que tenemos la gracia de “nuestro” estado, no la del estado papal-, parece lo más prudente tener eso en cuenta y pensar que esa gracia (que es efecto del mismo Espíritu Santo que usted y yo tanto amamos) le ha guiado, y le ha guiado con acierto.
      Y luego, ¿qué quiere decir que esto no es tema de catequesis porque no la conozco? Será o no será tema de catequesis, pero eso no depende de que la conozca, ¿no le parece? Tampoco la conocen las catequistas de mi parroquia, y saben perfectamente que la Eucaristía, o la Santísima Virgen, son temas de catequesis.
      Dice, además, que no es tema de palabras, pero ¡cuántas palabras usa usted para el tema! Y más yo, que soy incapaz de brevedad. Por otra parte, ¿por qué razón no había de ser tema de palabras? Más bien la renuncia papal debe de ser el tema sobre el que más palabras se han vertido -en los medios de comunicación, en las calles y en todas partes- en los últimos decenios. (Ojalá, digo aparte, que consiguiéramos volver a percibir la dignidad impar de las palabras.)
      Le agradezco muchísimo sus opiniones. Y quisiera saber si lo que dice del modo de referirme a mí lo dice por el artículo inicial, “Soy cura: ¿qué pasa?”, o por otra alguna expresión; sinceramente le agradeceré que me lo diga, porque muy bien puede ser que tenga razón. No tenga miedo en decírmelo así, “en abierto”; yo lo prefiero.
      Seguimos rezando al Espíritu Santo por el cónclave. Un abrazo infinito.

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      • 14 agosto 2013 3:46

        Dijo que “le dolía, y mucho” el modo como hablo de mí. No era verdad. Cuando le pedí la explicación -y era para enmendarme si veía que tenía razón-, fue la callada por respuesta. La perdono mientras me quedo en mi ignorancia.

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