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La Iglesia en el banquillo: ¿santa o pecadora?

29 diciembre 2012
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Os copio unas palabras de Joseph Ratzinger (hoy Papa Benedicto XVI) (1968) que cambiarán el modo de muchos de enjuiciar a la Iglesia: 

      La palabra “santo” no alude primariamente a la santidad de las personas, sino al don divino que crea la santidad en medio de la perversidad humana […]. La santidad de la Iglesia consiste en el poder por el que Dios obra la santidad en ella, dentro de la pecaminosidad humana. Éste es el signo característico de la “nueva alianza”: en Cristo Dios se ha unido a los hombres, se ha dejado atar por ellos. La nueva alianza ya no se funda en el mutuo cumplimiento del pacto, sino que es un don de Dios, una gracia, que permanece a pesar de la infidelidad humana. Es expresión del amor de Dios que no se deja vencer por la incapacidad del hombre, sino que siempre es bueno para él, lo asume continuamente como pecador, lo transforma, lo santifica y lo ama.

         Por razón del don que nunca puede retirarse, la Iglesia siempre es la santificada por él; la santificada en la que está presente entre los hombres la santidad del Señor. Lo que en ella está presente y lo que elige en amor cada vez más paradójico las manos sucias de los hombres como vasija de su presencia, es verdaderamente la santidad del Señor. Es santidad que en cuanto santidad de Cristo brilla en medio de los pecados de la Iglesia. Por eso la figura paradójica de la Iglesia en la que las manos indignas nos presentan a menudo lo divino, en la que lo divino siempre está presente sólo en forma de sin-embargo, es para los creyentes un signo del sin-embargo del más grande amor de Dios. La emocionante yuxtaposición de la fidelidad de Dios y la infidelidad del hombre expresada en la estructura de la Iglesia, es también la dramática figura de la gracia por la que se hace actualmente visible en el curso de la historia la realidad de la gracia como perdón de lo que en sí es indigno. Podría decirse que la Iglesia, en su paradójica estructura de santidad y pecado, es la figura de la gracia en este mundo.

         […] El sueño humano […] presenta la Iglesia como algo que no se mezcla con el pecado. Existe ahí en cierto sentido, un pensar blanco-negro, que despiadadamente separa y tira lo negativo […]. Los contemporáneos de Cristo se escandalizaban sobremanera al ver que a la santidad de Cristo siempre le faltase esta nota judicial […]. Su santidad se mostraba en el contacto con los pecadores que se acercaban a Él, hasta el punto de que Él mismo se convirtió en “pecado”, en maldición de la ley en la cruz, en plena comunidad con el destino común de los perdidos (cf. 2 Cor 5,21; Gál 3,13). Él atrajo los pecadores a Sí, los hizo partícipes de sus bienes, y reveló así lo que era la “santidad”. Nada de separación, sino purificación, nada de condenación, sino amor redentor. ¿No es acaso la Iglesia la continuación de este ingreso de Dios en la miseria humana? ¿No es la continuación de la participación en la misma mesa de Jesús con los pecadores? ¿No es la continuación de su contacto con la necesidad de los pecadores, de modo que hasta parece sucumbir? No se revela en la pecadora santidad de la Iglesia, frente a las expectaciones humanas de lo puro, la verdadera santidad aristocrática de lo puro e inaccesible, sino que se mezcla con la porquería del mundo para eliminarla. ¿Puede ser la Iglesia algo distinto de un sobrellevarse mutuamente que nace de que todos son sostenidos por Cristo?

         Confieso que para mí la santidad pecadora de la Iglesia tiene en sí algo consolador. ¿No nos desalentaríamos ante una santidad inmaculada, judicial y abrasadora? ¿Y quién se atrevería a afirmar que él no tiene necesidad de otros que lo sobrelleven, es más, que lo sostengan? Quien vive porque otros lo sobrellevan, ¿cómo podrá negarse a sobrellevar a otros? […] Cuando la crítica en contra de la Iglesia es como la bilis amarga y comienza a convertirse en burla, late ahí un orgullo operante. Por desgracia a eso se junta a menudo un gran vacío espiritual en el que ya no se considera lo propio de la Iglesia, sino una institución con miras políticas […], como si lo propio de la Iglesia estribase en su organización y no en el consuelo de la palabra y de los sacramentos que conserva en días buenos y aciagos […]. Y si uno quiere conocer lo que es la Iglesia, que entre en ella. La Iglesia no existe principalmente donde está organizada, donde se reforma o se gobierna, sino en los que creen sencillamente y reciben en ella el don de la fe que para ellos es vida. Sólo sabe quién es la Iglesia de antes y de ahora quien ha experimentado cómo la Iglesia eleva al hombre […], y cómo es para él patria, y esperanza, patria que es esperanza, camino que conduce a la vida eterna.

         Esto no quiere decir que hemos de quedarnos en el pasado y que hemos de soportarlo tal y como es […]. La medida es la construcción. La amargura que sólo destruye se juzga a sí misma […]. Como también es una ilusión colocar la Iglesia de “los santos” en lugar de la “Iglesia santa, que es santa porque el Señor le da graciosamente el don de la santidad” [al pie: Cf. H. de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, DDB, Bilbao, 1961]. 

Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo (1968), Madrid:

Movimiento Cultural Cristiano, 2007, vol. II, pp. 75-77

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