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¡Libertad la libertad!

13 noviembre 2012
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“Hacer el mal no es libertad, ni siquiera una parte de la libertad; solo es signo de que se es libre”

(San Anselmo, De libero arbitrio, c. I)*

 

                Así publicaba yo en otro lugar una cita:

“Libertad es hacer lo que debes porque quieres”

(La mejor definición de la libertad que he conocido en mi vida)

                “No debemos confundir la libertad con el gusto o con el capricho. La libertad es un tesoro maravilloso que Dios nos entrega y nos sirve para ganar el Cielo o, si nos empeñamos, para merecer el Infierno.

                “[…] Si te has comprometido a jugar un partido de fútbol […], no debes echarte atrás […] porque no tienes ganas.

                “Dices tú: “Yo soy libre de ir o no ir; a mí, nadie me obliga”. Y tienes razón. Efectivamente, eres libre de ser cumplidor y leal con tus amigos, o de ser un hombre sin palabra. Tú eliges. Eres libre de tener una voluntad fuerte, que consigue lo que se propone, o de ser un candidato a flojo y comodón […].

                “Tienes razón […] en decir que “a mí, nadie me obliga”, porque te obligas tú mismo […]. De modo que la libertad es hacer lo que debes hacer, porque tú quieres.”

Antonio Ducay Vela, Voluntad fuerte, Madrid: Mundo Cristiano (Col. Juvenil –de folletos-,33), 1981, pp. 9-10

                Sigo pensando que no conozco una definición mejor de la libertad. Un buen amigo me ha inspirado unas reflexiones, y le respondí que estaba de acuerdo; pensaba que él, con otras palabras, estaba diciendo lo mismo que yo. Hoy, releyendo más despacio lo que me decía, llego a la conclusión de que estamos bastante en desacuerdo. Ni entendió -¿culpa mía?- lo que yo quise transmitir, ni me parece que tenga una adecuada concepción de cuáles son los puntos de referencia de la libertad.

                Entendió, en efecto, que yo (mi cita de Antonio Ducay Vela) defendía el deber como imperativo seco, y parece que entendió “hacer lo que debes porque quieres” en el sentido (kantiano) de: yo reconozco cuál es mi deber, yo afirmo “es mi deber, y por tanto lo haré, sola y justamente por ser mi deber y sin que haya más consideraciones posibles”, luego yo hago eso que debo hacer.

                Para mi amigo, nuestras decisiones libres han de ir dictadas por el amor; en segundo lugar, si no sabemos lo que queremos, por el deber; y lo peor es que vayan dictadas por la apetencia.

                Y, sin embargo, yo creo que nunca jamás ha actuado nadie pura y solamente por deber. El padre que va a trabajar cumple ese deber pensando –por ejemplo- en los hijos que ha de alimentar. La madre que va a recoger al niño al colegio lo hace pensando –por ejemplo- en que cantará una canción con él por el camino. El estudiante que cumple su deber de estudiar piensa –por ejemplo- en que un día podrá casarse con su novia. Mi buen amigo, empleando un ejemplo de Ducay, dice: “Si venzo la pereza para ir a jugar con mis amigos, porque esperaban que fuera, no lo hago por deber, sino porque son mis amigos”. Exactamente: porque son tus amigos, pensando en ellos, quieres cumplir tu deber de ir con ellos.

                No entendamos kantiana, secamente el deber. Pero la diferencia entre mi buen amigo y yo está en que él elimina el deber –y lo deja, como último remedio, para cuando no hay amor- y yo le doy un lugar [1]. Y pienso que en esto está el quicio de la diferencia entre su comprensión subjetivista de la libertad y la mía anclada en el ser y no en la voluntad subjetiva. Permítaseme añadir –con esa caridad que consiste en decir la verdad- que, o mucho me equivoco, o mi concepción es la cristiana y la que defiende el magisterio de la Iglesia, y en particular, de una manera profundísima, Juan Pablo II, y de una manera sobrecogedoramente bella, Benedicto XVI.

                Mi buen amigo iría a jugar con los amigos porque se lo diría el corazón (“son mis amigos”). ¿Y qué ocurre si el corazón le dice otra cosa? Responder aquí que una de las dos opciones es la más correcta es la respuesta cristiana. Responder que debemos actuar por las “razones del corazón” es la alternativa pagana.

                Mi buen amigo dice que se actúa libremente cuando se hace “lo que uno ama, lo que uno quiere (amar)”. Pero es que yo no tengo derecho a amar cualquier cosa; Jack el Destripador amaba rajar tripas y matar; eran sus “razones del corazón”, eran “sus amigos”. Por otro lado, hay quien no ama; y hay quien ama estafar; y hay quien odia; y hay quien ama enriquecerse sobre la base de diez muertos diarios por su comercio de droga. Si este último se enriquece, ¿es libre? Pues una de dos: o no es libre, o la libertad es mala. Y quiero partir de la base de que la libertad es buena.

                Y aquí hemos llegado. O se entiende la libertad de esa manera subjetiva, o bien se entiende anclada en el ser y en el bien, que es lo que yo antes veía reflejado en la palabra deber -aunque es preferible rehuir esa palabra y sus peligros, como los que aquí han quedado de manifiesto-. En el primer caso, se puede llegar a la imagen de la libertad que tiene la cultura hoy dominante, que la entiende como “posibilidad de todas las posibilidades y del contrario de todas” [2]. Y ante vuestra vista están los resultados que esa imagen está dando. “Emanciparse del lazo que lo une al suelo no es para el árbol signo de libertad” [3].

                En cambio, una libertad anclada en el ser –la que enseña la Iglesia- es una libertad que toma sus normas de algún otro lugar, a saber, la verdad del hombre, expresada en la ley natural, que a su vez se expresa en la Ley de Dios. No es una libertad autónoma. No es una libertad como suprema instancia. Está regulada por el ser, por la verdad de las cosas, que se expresa en la moral. “Se debe recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la llamada del ser, comenzando por nuestro propio ser” (Benedicto XVI,  Caritas in veritate, n.º 70). Es una libertad en la verdad; la verdad es un dato que le es interior a la libertad. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32), que era el versículo evangélico preferido por Juan Pablo II.

                Mirad. Si no hay un ser, una verdad, en consecuencia un deber; si, en lugar de eso, hay una libertad suprema (“que es mi Dios la libertad”, que decía aquel fantoche de Espronceda, y le corea toda la sociedad actual), y el criterio es lo que el corazón ordene; entonces podrán venir a decirnos que el feto no es un ser humano (no hay ser), o que ese ser humano no es una persona (no hay verdad), o cualquier otro disparate que justificará que abortar será libre; lo cual implica, curiosamente, que está bien que tú abortes y está bien que yo, en el mismo caso, no. Pero dos aseveraciones contradictorias no pueden ser verdad a la vez, como decía antes cualquier maestro de pueblo.

                Y este argumento es lo que se llama una reducción al absurdo. Cuando de unas premisas se deducen consecuencias absurdas, necesariamente son falsas las premisas. Luego hay un ser, hay una verdad, hay un deber, el criterio no es el corazón: la libertad tiene otros puntos de referencia. El deber se basa siempre en el ser: no debo abortar, porque es un niño.

                Y luego, buen amigo, lo lógico es que una no aborte por amor a ese hijo; pero esa es una manera, “la” manera, “la excelsa y maravillosa” manera de cumplir con el deber. Porque es “hacer lo que debes porque quieres”.

                Y eso es todo, buen amigo; lamento haberme puesto así. Amicus Plato, sed magis amica veritas. Es que con estas cosas no se puede jugar, por la importancia que revisten y por lo revuelto que está el patio en estos nuestros tiempos. Al decir todo esto, creo estar cumpliendo el precioso encargo del historiador Jean Dumont: “¡Libertad la libertad!”

                O, si lo preferís –yo lo prefiero-, concluyo con aquellas palabras de San Agustín: “Eres esclavo del Señor y eres libre del Señor. ¡No busques una liberación que te lleve lejos de la casa de tu libertador!”

 

[1] Ya hablaba Vázquez de Mella de la libertad del deber, y más incisivamente dijo José Antonio Primo de Rivera que “la libertad no es un derecho, sino un deber”.

[2] Carlo Caffarra, “La Iglesia y el orden moral”, en: varios, Algunas cuestiones de ética sexual, Madrid, BAC Popular, 1, 1976, la cita en p. 54.

[3] Rabindranath Tagore, Luciérnagas (1926), en Pájaros perdidos-Luciérnagas, Barcelona, Círculo de Lectores, 2005, 100.


* Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1952, 550.

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11 comentarios leave one →
  1. Luna permalink
    17 noviembre 2012 10:29

    Me llama la atención el título. Aunque es muy correcto, podría ser tenido por lema de los liberales, cuando expresa todo lo contrario. Y es que el verso fatal de Espronceda nos da la clave de la sumisión que sufre la libertad cuando se expone a nuestros anhelos de emplearla como pretexto para dar validez a toda actuación imaginable. Queda entonces la libertad presa.
    He visto en esta entrada que la libertad se encuentra entre el circuito -por así llamarlo- de las verdades en que se conforma nuestra existencia y que a todas ellas hay que responder, tras reconocerlas. Y creo que la sujeción del todo al intento de ser libre conlleva una doble entelequia que al cruzarse, conforma algo confuso, irreal y necesariamente falso: si el hombre determina que la libertad es “solo él” -por su liberalismo extremo-, y a la vez, que “él es sólo libertad”, niega ambas cosas a la vez que las afirma. Lo que es peor: Destruye las dos sin edificar nada nuevo.
    Efectivamente, hay que libertar a la libertad. Para que sea real, debe librarse de las exigencias de insustancialidad y falta de coherencia que los hombres le imponemos a cada instante. Y es que si no lo hacemos, no seremos libres.

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  2. Nuevo por aquí permalink
    17 julio 2014 16:55

    ¡Qué profundo! Nunca habia pensado que la libertad tuviera tantas consecuencias ni todo este contexto en que la pones, pero es así.

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    • 17 julio 2014 18:29

      Pues asín son las cosas, buen amigo. Y se puede decir infinitamente más, aunque yo no me lo sepa.

      Hay otra forma muy interesante de presentar los posibles enfoques de la libertad. Es hablar de la “libertad ‘de'” y la “libertad ‘para'”. El primer concepto predomina y es, en números grandes, falso. Se entiende la libertad como una ausencia de ataduras que me “sueltan de” lo que quiera otra persona, religión, etc.; doy un manotazo, me deshago de compromisos, hago lo que me pide el cuerpo, me creo libre, lloro al llegar a casa.

      La libertad que reconoce auténtica el magisterio de la Iglesia, después de escrutar cómo es la estructura del hombre (católico o mormón), es la que busca las ataduras; porque el hombre entiende que su vida no es más que un agujero infinito si no la pone al servicio de ataduras. Libertad “para” Dios, que pasa por ser libertad “para” servir a los hombres, “para” adquirir compromisos que son -precisamente- liberadores y liberaciones. Y entonces cojo, me “ato” en matrimonio… y la gozo al llegar a casa.

      A la libertad, como al dolor, o se los llena de sentido, o se convierten en el suplicio de nuestras vidas. Y la libertad, y el dolor, se llenan de sentido si se llenan de hermanos.

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      • 18 febrero 2016 12:07

        Lo resume un señor:

        “No se contraponen libertad y entrega. Se es libre para elegir algo; para optar por el bien. Por ello, es preciso entregarse, hacer una elección, comprometer la libertad y vivirla en la elección efectuada.”

        Así de sencillo.

        (El señor es Julio Eugui, en “Mil anécdotas de virtudes”, Rialp, Madrid 2004, 406.)

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